Autor: Alberto Losada (Página 2 de 7)

4. Ballad of Geraldine (Donovan)

La primera vez que escuché a Donovan (que supe de su existencia, vaya) fue en el documental de D. A. Pennebaker Don’t Look Back, sobre la gira por Reino Unido de Bob Dylan en 1965. Donovan tenía 19 años por entonces y apenas llevaba un puñado de meses en la palestra cuando ya empezaron a llamarlo el «Bob Dylan británico». Esto molestaba especialmente a Dylan, que estaba en esa etapa insoportable de su vida (la fama, las críticas, las drogas) que necesitó de un accidente de moto para llegar a su fin. Total, que aquel Dylan pasado de vueltas la tomó con Donovan y durante todo el documental se puede observar la obsesión de éste por desacreditar al joven escocés. El momento cumbre del documental se produce cuando se juntan en una misma habitación rodeados de aduladores, cada uno con su propio séquito. El público se empeña en enfrentar a ambos cantautores hasta que por fin Donovan toma su guitarra y con los nervios de aquel que acaba de conocer a su ídolo toca To Sing for You. Dylan parece burlarse aunque yo diría que está disfrutando. La escena termina cuando Donovan, muerto de vergüenza, finaliza su interpretación y le entrega la guitarra a Dylan para pedirle que toque It’s all over now Baby Blue.

El caso es que a mí me flipó esa actuación de Donovan, añadí la canción a mi colección. Lo extraño de la situación es que no investigué nada más acerca del artista, ese único tema quedó guardado en mi biblioteca como recordatorio de que un día disfruté de la música de Donovan en un hotel de Inglaterra. Pero estaba claro que un tipo como aquel volvería a cruzarse en mi camino más pronto que tarde.

Ocurrió en una tienda de campaña, mientras un puñado de amigos bebíamos cerveza esperando en las primeras horas de la tarde de un festival. Mientras los conciertos no daban comienzo mi amigo Sergio era el encargado de elegir la música. En un momento de la tarde empezó a sonar Hurdy Gurdy Man. Si conocéis la canción entenderéis mi reacción al escucharla por primera vez: aquello era un melocotonazo. Enseguida le pregunté a Sergio por aquel tema y me comentó que era de Donovan y que la había escuchado en una película sobre drogas o algo así (la película es Spun). En seguida relacioné el nombre con el de aquel músico del documental de Dylan. De regreso a casa una vez concluido el festival busqué la canción y la escuché una y otra vez.

Hurdy Gurdy Man fue la responsable de mi inmersión en Donovan. Buscando información sobre la misma me topé con la leyenda que relaciona la fundación de Led Zeppelin con las sesiones de grabación del tema. Además la letra había sido compuesta en la India durante el famoso viaje de los Beatles, con Donovan formando parte de la comitiva (el mismo George Harrison participó en la composición de Hurdy Gurdy Man). Con todos esos ingredientes estaba listo para empezar a escuchar la discografía del escocés desde el principio.

Si bien la carrera de Donovan está formada por un montón de etapas diferentes sin duda las más interesantes son las dos primeras. Tras sus primeros trabajos como músico puramente folk supo reconducir su carrera con la llegada de la psicodelia, combinó sus revolucionarias técnicas como guitarrista acústico con los nuevos sonidos eléctricos del «flower power». Su tiempo en primera fila fue breve pero a finales de los sesenta pasó por ser uno de los músicos más influyentes del mundo y sus directos gozaban de gran reputación. En aquellos días coló en las listas de éxitos varios temas que han quedado para la posteridad como Wear Your Love Like Heaven, Sunshine Superman, Season of the Witch, Mellow Yellow, Atlantis o el ya mencionado Hurdy Gurdy Man. Por supuesto, adoro al Donovan psicodélico pero para mi gusto el que marca la diferencia es el primer Donovan.

Soy un apasionado de la música folk, cualquiera que me conoce lo sabe. El folk tiene algo de reverencial: las mejores canciones conservan una sabiduría antigua que nunca pierde el pulso de la actualidad. «If it was never new and it never gets old, then it’s a folk song». En el caso de Donovan esto explica como a pesar de que sus temas psicodélicos siguen sonando en películas y series son los éxitos más modestos de su primera etapa (Catch the Wind, Colours) los más versionados y aclamados. Entre los “puretas” del folk Donovan ha conseguido colar algunas canciones en el canon de imprescindibles y es quizá este hecho el que lo convierte en inmortal (o al menos lo que le mantiene vivo en el repertorio de cientos de músicos).

He escogido Ballad of Geraldine como mi canción favorita de Donovan. El patrón de fingerpicking es delicioso y en combinación con la letra conceden al tema un inconfundible estilo medieval que caracterizó los primeros discos del escocés (este tema es del álbum Fairytale de 1965). Seguramente eso es lo que más me gusta de Donovan: de entre los grandes nombres de la folk revival de los sesenta él fue el que mejor supo combinar el sonido del folk americano con las viejas tradiciones británicas. Marcó el camino para unir dos mundos que llevaban ya un tiempo ejerciendo influencia el uno sobre el otro pero que no terminaba de cuajar en la nueva generación.

Una canción que me traslada a otro mundo desde la primera estrofa. Está grabada a fuego en mi memoria.

Oh, I was born with the name Geraldine
With hair coal black as a raven
I travelled my life without a care
Ah, but all my love I was saving

Everybody Knows This Is Nowhere

Me encanta el otoño. Hace un par de días me dije a mí mismo que, sin saber muy bien como, este iba a ser un gran otoño. Supongo que de alguna forma tengo que convencerme (o mentirme) a mí mismo ya que con la llegada de los primeros días de frío desconozco a que quedará reducido el ocio en los próximos meses. Al menos no fui el único al que atrapó el pesimismo ante esta perspectiva: mi amigo Goriz sacó el mismo tema con la desesperanza que le caracteriza a los pocos minutos de reunirnos. En tiempos de pandemia los ánimos caminan por el filo de una navaja.

Paseamos sobre la calzada de piedras mojadas en la zona vieja, con las farolas ya encendidas. Reconozco que la imagen se me quedó gravada: en este año sin primavera he encadenado muchos meses sin contemplar una estampa de lo más corriente en mi ciudad. Se acumulan las cosas que he echado de menos. No fue una mala tarde-noche: le compré una chapa de Maradona a un vendedor ambulante y una chica con una nariz extraña (me encantan las narices extrañas) me dijo que se iba hacer un septum. Narices desperdiciadas.

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Ahora ya no escucho música en el trabajo. Yo, que en los buenos tiempos dedicaba una media de cuatro horas diarias a este propósito, ya no me lo puedo permitir. Me he acostumbrado mejor de lo que esperaba, casi parece más duro decirlo (o escribirlo) que hacerlo. En muchas ocasiones ya ni siquiera salgo de casa con los cascos.

En casa he retomado la discografía de Neil Young. Fue mi autor de cabecera durante el gran encierro y siempre recordaré que en los primeros paseos de mayo fue su voz la que me acompañó. Por aquellos días leí las palabras que le dedica Houellebecq en Intervenciones, que reproduzco aquí porque me parecen la mejor descripción de la obra del artista:

«No es una voz muy viril; tiene algo de mujer, de anciano o de niño. Es la voz de un ser humano que además tiene algo importante e ingenuo que decirnos: el mundo es como es, eso será cosa suya, pero no es en absoluto una razón para que renunciemos a mejorarlo […] Sus canciones son para los que no son afortunados en el amor, pero siempre se vuelven a enamorar. Para lo que conocen la tentación del cinismo, sin ser capaces de ceder a ella durante mucho tiempo.»

He dedicado la semana a escuchar comparativamente el disco Everybody Knows This Is Nowhere. Me ha gustado tanto que ya no me dejo los cascos cuando salgo de casa por las mañanas a trabajar. Aunque solo me da tiempo a escuchar un par de canciones merece la pena oír esa voz rasgada en la tranquilidad de las primeras horas del día.

Out of Time Man

Mediados de febrero de 2020

Salgo corriendo de trabajar. Ahora salgo a las cinco y media, treinta minutos más de vida. Solo es mi segunda semana en la nueva empresa y ya huyo sin mirar atrás en cuanto me llega la hora. Esta vez tengo un motivo: Nuria y Adrián me están esperando. Es un evento importante porque cada vez es más difícil reunirnos. Hace no mucho tiempo estábamos juntos a todas horas y ahora que no compartimos ciudad nos conformamos con encontrarnos un par de veces al año.

Busco sitio donde aparcar en el centro, la vieja lucha de cada día que abandoné hace unos meses. No lo echo nada de menos. Realmente yo “nunca” he vivido en el centro. Mi vida está entre el barrio en el que me crié y la zona vieja. Solo aproveché mis años en el ensanche cuando Adrián y Nuria eran casi vecinos míos. Ahora que me están esperando sigo llegando tarde por culpa del trabajo. En alguna ocasión incluso fueron al cine mientras yo aún estaba en la oficina, cosas de los horarios infernales de la Númax y su única sala. Cómo me jodía que fueran al cine sin mí.

Consigo aparcar al fin, me esperan en la terraza del Tertulia, llegando a Galeras. Solía desayunar por allí, parece que fue hace un siglo pero no ha pasado ni un año. Miro el reloj por mirar: las agujas están paradas. Llevo todo el día mirando para esas agujas paradas, típico acto reflejo. Apuro el paso porque Nuria no puede quedarse hasta tarde. Luce el sol pero pronto oscurecerá.

Qué bueno juntarse los tres, realmente actuamos casi como si siguiéramos viéndonos a diario. No pasa el tiempo cuando estamos juntos. Adrián sigue con su vida en Madrid, más agitada que de costumbre. Nuria ya se prepara para afrontar las elecciones, que serán en menos de dos meses (je). Yo con mi nuevo trabajo, aún no sé ni qué contar de mi nuevo trabajo. Seguimos hablando de la misma gente y quejándonos de los mismos problemas. En su día vivíamos para quejarnos: el mejor momento de la semana era cuando nos juntábamos para desahogarnos. Ahora lo hacemos con un recorrido más amplio: hace medio año que no coincidíamos los tres.

Nuria se marcha y yo me ofrezco a acercar a Adrián al aeropuerto. Le hablo de lo mucho que ha cambiado mi vida desde que cambié de empresa. Todo es distinto, no dejo de conocer a gente nueva. Estoy tan emocionado que me cuesta dormir por las noches. Él se alegra por mí, imagino que comprende que necesitaba un cambio. Antes de despedirnos prometo visitarlo en primavera.

Llego a casa cansado, necesito dormir del tirón, ahora solo hago los fines de semana. Tengo que cambiar la pila del reloj. En una semana descubriré que no es cosa de la pila: las agujas se han aflojado. Me dará tiempo a arreglarlo antes de dejarlo encerrado en un cajón. Se quedará ahí durante un par de meses. Y yo nunca salgo de casa sin reloj.

When God and her were born

Hace unos pocos años fui al cine con mis amigos a ver Steve Jobs de Danny Boyle. Disfruté mucho la película pero mis compañeros no parecían compartir mi entusiasmo. Recuerdo en concreto un momento que ilustra con claridad nuestras diferencias: durante un flashback se centra la acción en una discusión entre unos jóvenes Steve Jobs y Steve Wozniak. Discuten sobre el diseño de su archifamoso Apple 2, para el cual Jobs exige menos adaptadores que obliguen a los usuarios a utilizar el producto tal y como él lo concibe. Wozniak le echa en cara a Jobs que los clientes no entenderán esa decisión a lo que Jobs responde con su mantra de que la gente no sabe lo que quiere. Para ilustrar este hecho Jobs utiliza la siguiente frase: “Cuando Dylan escribió Shelter from the Storm no necesitó la opinión del público”. Una referencia así despertó mi atención, claro. Respondí dándole un codazo al amigo que tenía al lado mientras le decía “joder, qué gran verdad”. A él no parecía importarle. Yo salí del cine con una sonrisa mientras sonaba, como no, Shelter from the Storm con los créditos cayendo en la pantalla.

La primera vez que escuché esta canción también fue en los créditos finales de una película, en una improbable tarde de domingo en casa de mis padres. Calculo que tendría dieciocho años cuando pillé a mi madre viendo Jerry Maguire en la tele y aunque la película ya estaba empezada me quedé a verla con ella. Durante la escena final y los créditos suena Shelter from the Storm. La música es un elemento central en el cine de Cameron Crowe, que antes de ser director de cine fue redactor para la revista Rolling Stone. Cuida con tanto detalle las elecciones musicales que para esta escena eligió una versión nunca publicada, la primera toma que se grabó de la canción y que hasta la edición de la banda sonora de Jerry Maguire solo se había podido escuchar en copias piratas (el disco original de Dylan se había publicado 21 años antes). Actualmente es mi versión favorita del tema y recuerdo que en cuanto lo escuché aquella primera vez me fui corriendo al ordenador para encontrarlo a partir de las letras que había conseguido memorizar. Letras que hablan de esperanza en un mundo desolado. Una esperanza que, como descubrió Jerry Maguire, se puede obtener a partir de una mujer. Creo que el público sí puede entender eso.

3. When I Paint My Masterpiece (The Band)

«It’s all there. You can read it. The facts, the camaraderie of equals, the notion of a hard testing ground, superb musicianship, randiness, roots, memory, archetypal American music and its obsession with mystery and death. All there and all true».

Uno de los milagros de internet que suele pasar desapercibido es la posibilidad que ofrece de acceder a archivos de revistas y periódicos antiguos. Sí, muchos medios han digitalizado una buena parte de sus artículos y en la actualidad es posible consultar noticias históricas narradas tal como fueron escritas en el momento en el que se producían los hechos. Este avance tecnológico me ha permitido por ejemplo leer las crónicas de El País sobre la caída del muro de Berlín o la liga que ganó el Dépor. Dejando la historia a un lado, lo que más me gusta es leer las críticas que la revista Rolling Stone publicaba ante el lanzamiento de un álbum importante. Mi favorita es la que escribió Paul Nelson sobre The Basement Tapes.

La crítica de Nelson (el párrafo que encabeza esta entrada es un extracto de la misma) es afrontada por el autor como un caso por resolver al clásico estilo detectivesco del universo noir. Por supuesto el caso termina sin resolver porque nadie puede “resolver” The Basement Tapes. Son una pieza única en la historia de la música popular. Son tan peculiares que se publicaron ocho años después de haber sido grabadas. Por supuesto ninguna de las canciones que se recopilaron en el disco oficial de 1975 estaban preparadas para un disco de estudio serio. Eran sesiones medio improvisadas, en sucio, de un grupo que no existía. Dylan y su banda, The Band, que le había acompañado durante su última gira eléctrica. Para su álbum debut, Music From Big Pink, sí regrabaron un puñado de canciones que salieron de aquel estudio improvisado en el condado de West Saugerties (la ya legendaria casa Big Pink y su famoso sótano). El disco fue todo un éxito y salió al mercado con una portada dibujada por el propio Dylan, que por lo demás no participó en la grabación original. Aquello era 1968 y aunque supuso una revolución para la música americana pronto empezaron a surgir los rumores de que mucho otro material había quedado guardado. La madre de todos los bootleg, la música que Dylan toca en un sótano mientras se niega a salir de gira, dar entrevistas o siquiera informar sobre su estado tras aquel accidente de moto que casi le cuesta la vida.

El proceso creativo de Dylan y The Band se alejaba de la música eléctrica que el bardo de Minesota había incluido en su repertorio ganándole la etiqueta de traidor. Dylan volvía a sonar a acústico pero no sonaba como aquel que lideró la folk revival de principios de los 60. El nuevo estilo dio en llamarse roots rock o lo que hoy se conoce más comúnmente como americana, un estilo que recoge sonidos de varios de los grandes géneros puramente americanos como son el folk, el country, el blues y el gospel. Fue un sonido que pronto colaría temas en las listas de éxitos por medio de grupos como The Byrds (en su etapa final) y Crosby Stills and Nash (y Young, Neil Young fue la gran estrella de todo esto). Pero antes de todo aquello en un sótano estaban Bob y Dylan, Robbie Robertson, Richard Manuel y Rick Danko no pensando en revolucionar el género sino simple y llanamente tocando la música que les apetecía, con historias perdidas propias del folk más tradicional pero con un sonido completamente nuevo.

When I paint My Masterpiece no fue publicada ni grabada en las sesiones de The Basemente Tapes ni se cuenta entre el material que vio la luz con Music From Big Pink (fue escrita por Dylan para The Band en 1971) pero he elegido esta canción porque es mi favorita del grupo canadiense y mantiene el espíritu de aquel material. Un material que en su momento fue inclasificable por su novedad pero que hundía sus raíces en lo más puro de la tradición musical americana, con historias y personajes atemporales. Canciones felices o melancólicas que me siguen fascinando con cada escucha. Todavía sigo atrapado por el misterio que encierran como si fueran mensajes antiguos y duraderos.

Las canciones de Big Pink son el origen de toda la carrera de The Band, que terminaría en aquel maravilloso concierto rodado por Martin Scorsese y titulado para la posteridad como The Last Waltz. Si el concierto ya de por sí estaba predestinado a pasar a la historia, lo acertado de aquel nombre terminó de completar la leyenda de una actuación que cierra con I Shall Be Released, esa canción de liberación que resumió mejor que ninguna otra la trayectoria de un grupo que había llegado hasta allí desde un sótano de West Saugerties, Nueva York.

«The songs on The Basement Tapes are the hardest, toughest, sweetest, saddest, funniest, wisest songs I know, yet I don’t know what they’re about. Friendship, sex, death, heroism, learning from others. I guess history and inevitability are in there too. And sorrow and longing».

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