Autor: Alberto Losada (página 1 de 4)

31 canciones

He decidido publicar una serie de artículos dedicados a canciones sobre las cuales tengo algo que contar. De alguna forma tomo la idea del libro de Nick Hornby «31 canciones», de ahí que ese también sea el número elegido para mi recopilación. Mi intención es la de compartir un artículo/canción por semana si mi vida me lo permite. El contenido de los escritos mezclará tanto historias personales como relacionadas con los artistas y su universo. Tómense esto como un intento de archivar los sentimientos que la música me ha regalado a lo largo de los años. Quizás algún día pueda regresar aquí y encontrar algo de valor.

Factory Girl

Era el penúltimo día de mi visita a Holanda y decidimos dar un paseo por el rural antes de volver a casa. Mientras nos alejábamos en autobús de la ciudad pude comprobar entre grandes pastos y vacas que no solo de tulipanes vive el neerlandés. Nos apeamos en un pueblo rodeado de pequeños lagos y alguno de esos característicos molinos. Paseábamos tranquilos por el campo disfrutando del buen tiempo (inusualmente bueno para finales de Septiembre, insistían los lugareños) cuando me vi sorprendido por algo que hasta entonces creía inconcebible: el campo terminaba abruptamente ante el mar. Sin playa ni acantilado, solo un prado que frenado por una frontera invisible se transformaba en una inmensa bañera azul. Tratando de buscar alguna explicación a aquel extraño fenómeno recordé aquello que me habían dicho de que Holanda era un país que había ampliado su territorio ganándole metros al mar. Con explicación o sin ella, contemplar aquel mar que no era un mar (por entonces no lo sabía pero el Markermeer es un inmenso lago artificial) surcado por incontables valeros de recreo me llenó de esa paz que solo puede encontrarse en el mar.

Cuando llegamos al pueblo buscamos donde comer y cogimos billetes de ferri para visitar una isla cercana. El puerto servía como estacionamiento marítimo y atracción turística, combinación que de alguna forma parecía funcionar. Tras media hora en barco llegamos a una isla casi desierta, con unas pocas residencias de verano dispersas. Los que bajamos del ferri parecíamos formar el total de la población en tierra pero tras un rato paseando descubrimos que no era así. Después de caminar durante unos minutos comencé a escuchar música, el rasgueo de una guitarra acústica que interpretaba una melodía de blues. No tarde en darme cuenta de que conocía la canción: era de lo Stones. Nos acercamos y allí estaba: un americano (no sé si era americano pero en mi recuerdo lo es) que vestía una chaqueta vaquera y unas gafas de sol de cristales azulados interpretaba «Factory Girl» sentado en un amplio porche que llenaban media docena de personas. Me sorprendió y agradó hallar algo así en medio de ninguna parte. Algo conocido, algo muy mío.

Al día siguiente me recuerdo durmiendo apoyado contra la ventanilla del avión.

Ten years gone

Then as it was, then again it will be
And though the course may change sometimes
Rivers always reach the sea

Recuerdo que hacía mucho calor. En septiembre de 2008 parecía que el verano no terminaría nunca. La selección española acababa de proclamarse campeona de Europa y Rafa Nadal se había impuesto en Wimbledon en un partido que pasó a los anales de la historia. Alberto Contador recogía su corona llegando primero a la cima del Angliru y dos días después, lunes 15 de septiembre, quebró Lehamn Brothers. En aquella semana que cambió el mundo yo acudí a mis primeras clases en la universidad.

Tras diez años intento recrear como fue el inicio de mi vida adulta. Primero tendría que aclarar si realmente era un adulto por entonces: lo peor de entrar en la universidad con diecisiete años es que para comprar alcohol aún tienes que pedirle el favor a algún amigo. No sabía ni afeitarme sin convertir el baño en una película de Tarantino. Poseía el encanto del joven entusiasta y confiado que ignoraba las hostias que la realidad cocinaba a fuego lento expresamente para él. Esa imagen, la del inocente y soberbio bachiller, es la que construyo a partir de recuerdos difusos y antiguas fotos. Se ajuste o no a la realidad, el hombre escéptico en el que me he convertido tiene su propia versión de los hechos y el vencedor es quien escribe la historia.

Supongo que es inevitable que al crecer y adquirir nuevas responsabilidades se añoren los años de estudio como una época más sencilla pero lo cierto es que los comienzos no fueron fáciles. Para un tipo como yo, que apenas había salido de su barrio, llegar al campus era un paso tan necesario como aterrador. Como Bilbo, me vi obligado a salir de la Comarca; solo que a mí no vino Gandalf a buscarme. A mí el que me sacó de mi burbuja fue el tiempo, que no podía retrasar más el momento de enfrentarme al mundo real. De pronto me vi como un explorador ante una inmensa llanura que se pierde en el horizonte. Todo era nuevo, todo desconocido. También desafiante: la dificultad había subido varios escalones con respecto al instituto y en mi primer curso de ingeniería más de una noche me he desplomado en cama demasiado cansado como para pensar siquiera en mi vida. A veces la mejor forma de dormir tranquilo es no tener ni tiempo para intranquilizarse. De alguna forma también echo de menos aquello, claro.

Supongo que si estas fechas cobran una relevancia especial es porque la cifra redonda (diez años) me sirve de excusa para pensar en mi situación actual. Ya no hay montañas, ya no hay gigantes que enfrentar. Los años me han caído encima y soy consciente de que cada vez queda menos tiempo, menos oportunidades, y el precio a pagar por un gran error es mucho mayor. Si antes buscaba una aventura nueva cada día ahora me apoyo en la rutina para no perder el rumbo. Pequeños objetivos y retos que exigen constancia. Incluso me machaco en el gimnasio para dormir a gusto siempre que no estoy lesionado. Si algo se ha multiplicado de forma exponencial es el tiempo de recuperación, ya sea de lesiones o resacas.

A veces me pregunto qué opinaría de mi actual yo aquel imberbe de dieciste años. Creo que le gustaría mi aspecto aunque no tanto mi historia. Me imagino repitiéndole esa odiosa frase de padre: «Cuando seas mayor lo entenderás». ¿Le daría algún consejo? No lo creo. Todas las lecciones importantes las he aprendido por las malas y si algo funciona es mejor no tocarlo. Si acaso le recomendaría que se mantuviera alejado del licor café.

25 canciones de Creedence Clearwater Revival

Creedence Clearwater Revival tiene el mérito de estar considerado entre los mejores grupos de la historia a pesar de concentrar su periodo de actividad en solo tres años (1968-1971). En este tiempo publicaron seis álbums (siete si contamos el «Mardi Gras», álbum publicado en 1972 ya sin la presencia del guitarrista Tom Fogerty y de nivel muy inferior a sus predecesores) que alcanzaron gran reconocimiento, convirtiéndose en uno de los grupos más prolíficos de la edad dorada de la música contemporánea. A modo de resumen he dejado una lista de mis 25 canciones favoritas de la banda con las siguientes conclusiones:

1. Álbum favorito: Los tres mejores son claramente «Green River», «Willy and the Poor Boys» y «Cosmo’s Factory» pero si tengo que quedarme solo con uno elijo este último.

2. Canción favorita: me gustan especialmente «Who’ll Stop the Rain» y «Wrote a Song for Everyone» por sus potentes letras (que me han acompañado desde hace años) y «Lookin’ Out my Backdoor» porque siempre (SIEMPRE) que suena en mi coche me pongo a dar golpe en el techo imitando a El Nota en «El gran Lebowski».

Como las legiones romanas

«Siempre te ha interesado la política, la historia…»
Tom Hagen – El Padrino. Parte II

Cualquiera que conozca a mi padre sabe que es un tipo peculiar. Una persona de costumbres, insistente en sus valores y creencias. Desde que tengo uso de razón las comidas en familia son protagonizadas por él y sus discursos. El resto de los presentes en la mesa hemos dedicado todos estos años a aportar desde un segundo plano, ya sea para apuntar algún detalle a sus observaciones o para pararle los pies cuando lo considerábamos oportuno. En mi forma de afrontar estas comidas con mi padre a lo largo del tiempo se podría observar mi camino hacia la madurez. En mis años de adolescente no soportaba sus repetitivos argumentos y sus ideas me parecían completamente anticuadas. Cuando terminé mis estudios y a medida que la dura realidad se imponía ante mis ojos comencé a creer que quizás mis padre tenía más razón de la que yo creía.

En todas esas sobremesas los temas de conversación tratados pueden ser de lo más diversos pero mi padre siempre se las ingenia para retorcer cualquier debate hasta llevarlo a su terreno. Él es capaz de derivar una discusión sobre el sistema de recogida de basuras municipal en un coloquio sobre el sistema de gobierno de la República Romana. Porque sí, ese era su terreno. Mi padre siempre ha sido un enamorado de la cultura clásica y nunca deja pasar la oportunidad de añadir una referencia si en su imaginación consigue enlazar alguna noticia con un pasaje de la vida de Alejandro Magno, pudiendo llegar a reconstruir la misma anécdota cientos de veces. Nunca le importó repetirse, para él solo es una forma más de resaltar las enseñanzas que considera importantes. He de reconocer que su insistencia parece haber tenido éxito pues con el tiempo he llegado a dedicar incontables horas a repasar apuntes de historia imitando la curiosidad que en su día lo motivó a él.

La influencia que mi padre y sus pasiones han ejercido sobre mí no se limita solo a la historia. Durante años nuestro vínculo paterno-filial se reforzó a base de compartir horas en el sofá viendo la televisión. Muchos de estos momentos han estado protagonizados por fútbol aunque entre partido y partido puedo rescatar algunos momentos de cine. En especial recuerdo una noche en la que al llegar a la sala en la tele acababa de empezar la segunda parte de El Padrino. Había visto la película un par de años atrás y ya por entonces la contaba entre mis favoritas pero el amor que siento sobre esa cinta creció notablmenete con aquel segundo visionado. Mi padre y yo comentamos entusiasmados cada detalle y pude apreciar en él el júbilo que solo le reconocía ante una victoria importante del Real Madrid. El joven Vito Coreleone recorriendo los tejados de Nueva York, Michael pronosticando el triunfo de la revolución cubana y sobre todo esa maravillosa escena en la que Tom Hagen y Frank Pentangeli comparan a la familia Corleone con el imperio romano.

Desde que dejé de vivir con mis padres tengo menos oportunidades de compartir mesa con ellos. Cuando lo hacemos mi padre sigue repitiendo sus historias porque llegados a este punto ya no parece dispuesto a cambiar las viejas costumbres. Cada cierto tiempo saca a la palestra mi escena favorita de mi película favorita. «Dicen que organizaban las familias mafiosas como si fueran legiones romanas ¿Tú sabes cómo se organizaban las legiones romanas?»

No papá. ¿Cómo se organizaban las legiones romanas?

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