Autor: Alberto Losada (Página 1 de 8)

10. The Motorcycle Song (Arlo Guthrie)

And I don’t wanna die
I just wanna ride on my motorcy…
cle
-Arlo Guthrie, The motorcylcle Song-

Can music save your mortal soul? Es una pregunta interesante, aunque suene infantilmente exagerada. Seguro que Handel se tomó el asunto muy en serio mientras componía El Mesías, pero para aportar mi humilde y pequeño grano de arena tengo una historia concreta que puede ayudar a responder la pregunta retórica del bueno de Don McLean.

Unas semanas antes de cumplir veinticinco años yo atravesaba lo más parecido a una depresión que he experimentado. Simplemente no me apetecía hacer nada, la desidia se había apoderado de todo mi ser. Ir a trabajar era una acción que hacía con el piloto automático puesto y creo que dedicaba la mitad de mi tiempo a mirar (literalmente) como avanzaban las manecillas del reloj.

Para dar algo más de contexto al asunto, yo hacía un año que había vuelto a Galicia desde Madrid y no tenía ni idea de hacia dónde dirigir mi vida. Los primeros meses de vuelta en casa habían sido difíciles de mejorar, me faltaban días para quedar con toda la gente que había dejado atrás. Pero hasta a uno se le agotan las ganas de recuperar el tiempo perdido. O mejor dicho, el tiempo se recupera mucho más rápido de lo que uno puede llegar a creer. Tras ese subidón inicial llega la rutina, y con veinticinco años esa rutina implicaba afrontar por primera vez problemas de la vida adulta.

Yo creía que mis principales preocupaciones en el ámbito laboral debían ser cumplir con mi trabajo y progresar en el mismo. Pero aquí se vino el primer golpe de realidad, lo que yo vengo a considerar el punto de partida de mi pérdida de inocencia: cuando yo veía a mis jefes detestaba todo lo que representaban. La cosa puede parecer baladí pero cabe preguntarse qué clase de futuro le espera a alguien que deteste los ejemplos aspiracionales que le han dado. No había mucho lugar para la esperanza en este área de mi vida así que me imagino que decidí simplemente seguir hacia adelante sin pensar demasiado en mi situación.

El problema es que mi vida fuera de la oficina no era tampoco muy halagüeña. Mi plan de semana consistía en llegar a casa de trabajar para ver alguna serie o jugar a videojuegos hasta que llegara el fin de semana, que dedicaba a emborracharme sin pudor con excusa de socializar cada noche. Prolongando esta situación durante quince meses se llega al punto de partida que presenté al inicio, la víspera de mi veinticinco cumpleaños.

Justo la noche antes del día señalado mi equipo de fútbol sala de la liga local tenía un partido importante. El partido comenzaba a las diez, lo cuál implicaba que tardaría en conseguir conciliar el sueño y al día siguiente estaría muerto de sueño en la oficina. El caso es que nunca llegué a entrar en la oficina el día de mi cumpleaños: en una jugada fortuita en la que me disponía a encarar la portería solo, el portero rival me entró con los dos pies por los aires y me mandó volando. En una aparatosa caída me hice daño en lo que después sería diagnosticado como una fisura en la cabeza del radio. Me empezaron a llegar mensajes felicitando el cumpleaños de madrugada, mientras estaba en urgencias.

Para mí aquello había sido algo así como un milagro. De repente iba a estar por lo menos un mes sin ir a trabajar (al final fueron cinco semanas). Me gustaba pensar que aquello se parecía a la canción Drifter’s Scape de Dylan, en la que un condenado a muerte se escapa en el último instante aprovechando que un rayo cae sobre el edificio en el que está siendo juzgado. Estas cosas las pensaba porque en aquellos días de desidia había multiplicado los ratos que dedicaba a escuchar música y, aunque parezca un dato anecdótico, tengo que recordar que la música es el late motiv de toda esta historia.

El caso es que, como acabo de explicar, en aquella época había comenzado a dedicar más tiempo del que solía a escuchar música y, ahora que estaba de baja, tenía pensado dedicar todavía más (realmente dediqué aquel parón casi exclusivamente a escuchar música y leer los tomos de Canción de Hielo y Fuego). En este proceso de escucha y descubrimiento llegué a Arlo Guthrie, el protagonista de la canción que he elegido hoy. Con Arlo me topé porque había versionado una canción de Dylan que me gustaba mucho, Walkin’ Down The Line. No solo la había versionado, la había tocado en directo en el legendario festival de Woodstock de 1969. La canción era una más de aquel montón de temas folk que Dylan grabó para Columbia y que terminaron siendo versionadas por decenas de artistas sin que el propio Dylan llegara a sacar sus propias versiones en discos de estudio. Pero Arlo hacía algo más que cantar, era un maestro a la hora de interactuar con el público. Incluso lo intentó en Woodstock, aunque el aparente exceso de químicos que cargaba en el cuerpo no le ayudó a tener su mejor actuación.

Arlo, como decía, se hizo famoso por los comentarios que improvisaba en sus actuaciones en directo. Estas improvisaciones terminaron por derivar en auténticas historias que preparaba y convertía en canciones, una suerte de relatos acompañados con música para divertir a la audiencia. Las anécdotas se habían convertido en el sello personal de Arlo, que decidió entregarse por completo a aquel formato cuando publicó su obra más exitosa e influyente, Alice’s Restaurant, un disco cuya primera parte contenía una única canción de más de dieciocho minutos. En la balada, grabada en directo, Guthrie narraba los peculiares hechos que le habían permitido librarse del reclutamiento forzoso que habría de dar con sus huesos en Vietnam. La segunda parte del álbum contenía una serie de temas folk con un formato tradicional y grabadas en estudio (solo esa peculiar cara A era un directo). Entre esas canciones del lado B se encuentra The Motorcycle song, una canción cuyo ritmo machacón (basado en el famoso Travis Picking, una peculiar forma de tocar la guitarra alternando dos notas al bajo de forma constante) me dejó prendado sin escapatoria posible. Pero no era el sonido lo único que me atrapó de la canción.

La versión de The Motorcycle Song que se encontraba en el Alice’s Restaurant estaba grabada en estudio pero Arlo la convirtió en uno de sus grandes éxitos gracias a las interpretaciones en directo. En ellas alargaba la canción hasta los diez minutos para incluir la historia de cómo había compuesto la misma. La historia podía variar de directo en directo aunque su raíz siempre era la misma: Arlo, en un alarde de fantasiosa habilidad, conduce su moto al mismo tiempo que conduce su guitarra. La difícil ejecución de ambas prácticas de forma simultánea le lleva a precipitarse por un barranco y durante el tiempo que dura la caída (de la que siempre sobrevive de alguna forma inverosímil que suele variar según el directo) compone la canción que ahora interpreta. De ahí el verso principal, I don’t wonna die, just want to ride my motorcy(cle), que puede parecer una tontería más entre la infinita broma que representaba aquella canción pero de alguna forma conectó con mi yo deprimido. En aquellos momentos entendí que no quería morir, solo quería conducir mi moto, escuchar mi música.

Se puede decir que toda aquella música no resolvía ninguno de los problemas que atravesaba pero me descubrió algo por lo que aún mantenía una viva ilusión. De alguna forma aquello era una piedra sobre la que construir algo. Está claro que algún día tendría que regresar al trabajo y afrontar mi encrucijada vital. A este respecto me gusta pensar que me sucedió aquello que, en palabras de Pete Townshend, le sucedió a Jimmy cuando (spoiler alert) decide no suicidarse al final de Quadrophenia:

Jimmy pasa por una crisis suicida. Se entrega a lo inevitable, y tú sabes que cuando todo se acabe y vuelva a la ciudad va a pasar por la misma mierda, va a seguir estando en la misma terrible situación familiar y demás, pero ahora está en otro nivel. Él es débil todavía, pero hay una fuerza en esa debilidad. Corre el peligro de madurar.

9. Ripple (Grateful Dead)

«In our conversations in Vegas we were like «what would it happenned to Lindsay?», and I thought «I think she’d become a deadhead». Like, that seems to be the middle between the burnouts and the mathletes».
-Judd Apatow-

He terminado Freaks and Geeks, la maravillosa serie de culto sobre un grupo de adolescentes de un instituto de Michigan. Ambientada en el año 1980, la serie producida por Judd Apatow duró solo una temporada por discrepancias con la cadena NBC. Hablamos del año 1999 y por aquel entonces no era tan sencillo mantener una serie en antena si las audiencias no eran lo suficientemente altas. Además, aunque pueda sonar chocante, la serie fue más cara de lo que parecería a simple vista por un detalle no menor: los derechos de autor para emitir canciones de los años setenta dispararon el precio de la producción.

Y el detalle no es menor porque la música es un pilar fundamental en el que se apoya la serie y la vida de sus protagonistas. El grupo conformado por los geeks está totalmente obsesionado por el rock de los setenta, tienen su propio grupo y rivalizan con el resto de subculturas definidas por gustos musicales: detestan a los punks, a los amantes de la música disco y consideran a los deadheads (los fanáticos del grupo Grateful Dead) unos hippies aburridos. Esta última facción, los deadheads, tendrán sin embargo su oportunidad de brillar en el último episodio de la serie.

Lindsay, la protagonista de la serie, es una niña bien, aplicada en los estudios y obediente en casa. A lo largo de los dieciocho episodios que transcurren durante un curso escolar, trata de cambiar su vida. Así, cuando llega el final de curso, es elegida para participar en un campus de verano para alumnos brillantes. En lugar de alegrarse, lamenta comprometer sus vacaciones de verano con más actividades escolares. Sus padres insisten en que debe acudir al campus, y para aclarar sus ideas, Lindsay acude en busca de consejo al señor Rosso (quizás el más inolvidable de los personajes secundarios de la serie), el consejero académico del instituto con el que ha trabado amistad a lo largo del año. Rosso le dice que probablemente solo está estresada y, tras recitar algunos versos de la canción Box of Rain de los Grateful Dead, decide prestarle una copia del disco American Beauty para que lo escuche y se relaje antes de ir al campus de verano. Lindsay no tarda en aficionarse al grupo y traba amistad con los deadheads del instituto. Finalmente decide escaparse con sus nuevos amigos para seguir a los Grafetul Dead en su próxima gira, renunciando así al campus de verano. La última escena de la serie está acompañada de la canción Ripple.

Creo que la primera vez que fui consciente del término «deadhead» fue gracias a un episodio de Ozark en el que un político corrupto exigía siempre entradas para los conciertos de los Dead and Company (un grupo conformado por los miembros vivos de Grateful Dead y John Mayer) como parte de los sobornos. Sí había escuchado al grupo antes (y tengo en mi poder la famosa camiseta de Lituania del 92) y desde que descubrí el culto que profesa entre sus seguidores he intentado escuchar más de sus directos. Ripple es, sin discusión, mi canción favorita del grupo.

Con letra de Robert Hunter y música de Jerry García, las primeras estrofas de Ripple reflexionan sobre la música misma y sobre si el mensaje de las canciones puede perderse entre el intérprete y la audiencia, concluyendo que merece la pena arriesgarse a ello (dejando para la posteridad el verso «Let there be songs to fill the air»). Las últimas estrofas filosofan sobre la vida, que es descrita como un camino que debemos recorrer solos tratando de encontrarle un sentido propio e individual (que así mismo termina con otro icónico verso «If I knew the way I would take you home»). El haiku incluido en el coro (que da nombre a la canción) enlaza las dos temáticas: la onda (ripple) representa el mensaje o la idea de las canciones en la primera parte y la vida del individuo en la segunda.

Judd Apeltow nunca superó la cancelación de Freaks and Geeks y ha reconocido en repetidas ocasiones que siente su carrera cinematográfica como una venganza contra aquellos que decidieron terminar con la serie.

8. Angel from Montgomery (John Prine)

Just give me one thing
That I can hold on to
To believe in this livin’
Is just a hard way to go

«Prine’s stuff is pure Proustian existentialism. Midwestern mindtrips to the nth degree. And he writes beautiful songs. I remember when Kris Kristofferson first brought him on the scene. All that stuff about Sam Stone, the soldier junky daddy and Donald and Lydia, where people make love from ten miles away. Nobody but Prine could write like that».
-Bob Dylan, 2009-

Suelo tropezarme con los grandes artistas así, tirando de un hilo que guía mi destino a ciegas. El caso es que estaba escuchando el disco Exile on Coldharbour Lane de Alabama 3 (el grupo que compuso la canción de la intro de los Soprano, vaya) cuando me crucé con una genialidad llamada Speed of the Sound of Loneliness. Aquello me tenía enganchado, porque además de sonar increíble me quedé prendado de ese concepto absurdo, la velocidad del sonido de la soledad. Me parecía una idea entre cutre y brillante que, por supuesto, funcionaba de maravilla en una canción country. Resultó que el tema versionaba a un tipo llamado John Prine, del que resultó que ya tenía guardadas un par de canciones en Spotify (Clay Pingeons, una preciosidad que a saber de dónde había sacado y In Spite of Ourselves, su mayor éxito comercial). Solo tuve que escoger su primer disco y darle al play.

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No me gustó el final de Ozark. O quizás debería precisar que no me gustó el desenlace, porque hay algunas cosas de la última temporada que sí me gustaron. Por ejemplo, mi escena favorita de la serie está en el último episodio. En ella Ruth Langmore (nuestra redneck Julia Garner) contempla el esqueleto de la piscina que está construyendo en el parque de caravanas donde ha vivido siempre con su familia, que a lo largo de la serie ha ido desapareciendo. Sobre este escenario Ruth imagina una escena en la que aparecen todos aquellos que ya no están: su padre, sus tíos y sus primos. El grupo disfruta de una barbacoa con sus cervezas mientras se gastan bromas y Russ, tío de Ruth, toca la guitarra y canta con voz desgarrada Angel from Montgomery, canción de John Prine. Ruth observa la obra de su imaginación desde el techo de su caravana, el espacio favorito de su primo Wyatt (que se sienta a su lado en esta recreación).

La escena cobra especial relevancia al considerar la evolución de la propia Ruth a lo largo de la serie. Desde el comienzo se la muestra como una joven destinada a recorrer el mismo camino que durante generaciones ha condenado a su familia: una vida sustentada mediante trabajos precarios y delitos menores. Ruth lo llama la maldición de los Langmore y, como en la canción de John Prine, su máxima aspiración es huir de la vida que el destino le ha preparado. En este sentido, su encuentro con la familia Byrde le permitirá alcanzar todo aquello con lo que había soñado: no solo amansará una fortuna, si no que también aprenderá varios oficios y sentirá que su desempeño es apreciado. De alguna forma, la chica para todo de Marty Byrde encuentra su lugar en el mundo.

El problema es que Ruth ha sacrificado demasiado para alcanzar su nueva posición. El esqueleto de su nueva piscina, que iba a ser el símbolo último de su éxito, le hace cuestionarse si su ascenso ha valido realmente la pena. Al fin y al cabo la serie sugiere en más de una ocasión que el auténtico anhelo de Ruth no era la riqueza, si no encontrar la aprobación de su padre y disfrutar de la vida junto a sus primos. Quizás los Langmore no estuvieran tan malditos (no desde luego tanto como sí lo están los Byrde). Quizás Ruth nunca quiso salir de Montgomery.

El último episodio de Ozark se titula A Hard Way to Go, frase tomada del estribillo de Angel from Montgomery. El rodaje de la última temporada comenzó unos meses después del fallecimiento de John Prine en abril de 2020, tras contraer COVID-19.

We are gonna sing Blowin’ in the Wind

Fue el sábado 8 de septiembre de 2012. Acababa de superar la semana más importante de mi vida y, como suele ser habitual en estos casos, ni siquiera me acercaba a sospecharlo. Para mí, aquella solo había sido la semana del ataque de Contador en el Collado de la Hoz. Ya había planeado acercarme el día hasta el Paseo del Prado para ver la última etapa de aquella gloriosa Vuelta a España.

Estaba sentando en el asiento trasero del coche de mi padre, que circulaba por las larguísimas rectas tan típicas de las carreteras de Castilla. Me invadían los nervios y cierta ansia, ya que todo iba a cambiar deseaba que lo hiciera cuanto antes. En cuanto llegara a Madrid aquella ciudad iba a ser mi nuevo hogar. Casa lejos de casa. La idea de abandonar todo rastro de lo que hasta entonces habían sido mis rutinas me abrumó en algún momento durante aquel trayecto y decidí sacar los auriculares de mi bolsillo para escuchar algo que me resultara familiar. Elegí Blowin’ in the Wind.

Retrocediendo un par de años en el tiempo, en plena semana de exámenes finales en la universidad, me recuerdo frente a la pantalla del ordenador contemplando aquel directo final, en el festival de Newport de 1963. Un niño había comenzado aquel fin de semana, una leyenda lo terminaba. Las grandes estrellas del folk le hacían los coros en su despedida. En aquel momento las letras y la música eran secundarias para mí, la pasión envolvía a mi yo de diecinueve años.

En aquel coche que atravesaba Castilla no buscaba pasión, solo alguna certeza. De algún modo la encontré en aquella balada. La canción llevaba conmigo algunos años y en ese momento, rodeado de un montón de nada, sentí que la música iba a seguir conmigo durante mucho tiempo. No iba a importar la situación, el lugar o la compañía, ya tenía algo que nunca me iba a abandonar.

Más de una década después he olvidado cientos de instantes que en su momento consideré relevantes, pero sigo recordando claramente lo que sentí en aquel coche escuchando a mi viejo amigo Bob Dylan. Casi tan inolvidable como aquella imagen de Contador atravesando la meta en Fuente Dé.

905

«Uno y el mismo es este don de la libertad concedido a los hijos de los Hombres: que sólo estén vivos en el mundo un breve lapso, y que no estén atados a él, y que partan pronto […] La Muerte es su destino, el don que les concedió Ilúvatar, que hasta los mismos Poderes envidiarán con el paso del Tiempo»
-Del principio de los días. El Silmarillion, J. R. R. Tolkien-

At each end of my life is an open door
-905, John Entwistle-

Recién acabo de terminar de leer Las partículas elementales de Houellebecq. Me ha dejado desesperanzado tras ese epílogo huxliano. Un Aldous Huxley que es citado numerosas veces en la obra (incluso un personaje secundario es presentado como un antiguo amigo suyo) y hasta se describen algunas curiosidades de su vida: por mi parte ignoraba la larga y prestigiosa lista de biólogos que pertenecen a la rama Huxley. Desconozco las intenciones de Houellebecq con ese final o la opinión que guarda sobre el mismo. Sospecho que para rematar su visión decadente de occidente se le ocurrió un desenlace limpio y propio de burócratas.

Mientras redacto estas líneas me ha dado por escuchar 905 de The Who. La canción fue escrita por John Entwistle y la letra narra un escenario basado en el universo de Un mundo feliz de Huxley. Al bajista, un entusiasta de la novela, le parecía especialmente interesante la encrucijada que enfrenta el personaje de John el Salvaje. En un mundo que le es ajeno (y que termina por despreciar profundamente), a John ni siquiera le dejan refugiarse en su propia soledad. Desesperado y sin escapatoria aparente, decide suicidarse. A 905, habitante de la nueva tierra y programado desde su nacimiento, solo la muerte le garantiza la libertad que su condición le ha negado. Michel Djerzinski encuentra un destino similar en la obra de Houellebecq pero en una personalidad tan peculiar como la suya no es fácil interpretar los motivos que conducen sus actos.

Para exponer mi opinión acerca de esa pesadilla que me es recurrente, la de la vida eterna, recurro a un texto que se fijó en mi cabeza desde la primera vez que me topé con él en mi inocente adolescencia. En El Silmarillion, evangelio según San Tolkien, Finrond Felagund, de la noble casa de Fingolfin, es el primer elfo que descubre la existencia de los Hombres y es, por consiguiente, el primer inmortal que contempla los estragos de la edad:

Los años de los Edain se prolongaron, de acuerdo con las cuentas de los Hombres, después de que llegaron a Beleriand; pero por último Bëor el viejo murió; había vivido noventa y tres años, y cuarenta y cuatro de ellos al servicio del Rey Felagund. Y cuando yació muerto, no de herida ni de pena, si no vencido por la edad, los Eldar vieron por primera vez la rápida mengua de la vida de los Hombres, y la muerte de cansancio, que ellos no conocían; y lloraron mucho la pérdida de sus amigos. Pero Bëor había abandonado la vida de buen grado, y falleció en paz; y los Eldar se asombraron grandemente del extraño destino de los Hombres, del que nada se decía en las canciones e historias, y que les estaba oculto.

No sé si viviré lo suficiente para comprobar como los hombres superan el obstáculo definitivo. Ni si quiera sé si el hombre seguirá siendo hombre después de ello. Lo que tengo bastante claro es que no estoy dispuesto a renunciar a mi don. Sea cual sea el destino que señale el último viaje.

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