Autor: Alberto Losada (página 1 de 3)

25 canciones de Creedence Clearwater Revival

Creedence Clearwater Revival tiene el mérito de estar considerado entre los mejores grupos de la historia a pesar de concentrar su periodo de actividad en solo tres años (1968-1971). En este tiempo publicaron seis álbums (siete si contamos el “Mardi Gras”, álbum publicado en 1972 ya sin la presencia del guitarrista Tom Fogerty y de nivel muy inferior a sus predecesores) que alcanzaron gran reconocimiento, convirtiéndose en uno de los grupos más prolíficos de la edad dorada de la música contemporánea. A modo de resumen he dejado una lista de mis 25 canciones favoritas de la banda con las siguientes conclusiones:

1. Álbum favorito: Los tres mejores son claramente “Green River”, “Willy and the Poor Boys” y “Cosmo’s Factory” pero si tengo que quedarme solo con uno elijo este último.

2. Canción favorita: me gustan especialmente “Who’ll Stop the Rain” y “Wrote a Song for Everyone” por sus potentes letras (que me han acompañado desde hace años) y “Lookin’ Out my Backdoor” porque siempre (SIEMPRE) que suena en mi coche me pongo a dar golpe en el techo imitando a El Nota en “El gran Lebowski”.

Como las legiones romanas

“Siempre te ha interesado la política, la historia…”
Tom Hagen – El Padrino. Parte II

Cualquiera que conozca a mi padre sabe que es un tipo peculiar. Una persona de costumbres, insistente en sus valores y creencias. Desde que tengo uso de razón las comidas en familia son protagonizadas por él y sus discursos. El resto de los presentes en la mesa hemos dedicado todos estos años a aportar desde un segundo plano, ya sea para apuntar algún detalle a sus observaciones o para pararle los pies cuando lo considerábamos oportuno. En mi forma de afrontar estas comidas con mi padre a lo largo del tiempo se podría observar mi camino hacia la madurez. En mis años de adolescente no soportaba sus repetitivos argumentos y sus ideas me parecían completamente anticuadas. Cuando terminé mis estudios y a medida que la dura realidad se imponía ante mis ojos comencé a creer que quizás mis padre tenía más razón de la que yo creía.

En todas esas sobremesas los temas de conversación tratados pueden ser de lo más diversos pero mi padre siempre se las ingenia para retorcer cualquier debate hasta llevarlo a su terreno. Él es capaz de derivar una discusión sobre el sistema de recogida de basuras municipal en un coloquio sobre el sistema de gobierno de la República Romana. Porque sí, ese era su terreno. Mi padre siempre ha sido un enamorado de la cultura clásica y nunca deja pasar la oportunidad de añadir una referencia si en su imaginación consigue enlazar alguna noticia con un pasaje de la vida de Alejandro Magno, pudiendo llegar a reconstruir la misma anécdota cientos de veces. Nunca le importó repetirse, para él solo es una forma más de resaltar las enseñanzas que considera importantes. He de reconocer que su insistencia parece haber tenido éxito pues con el tiempo he llegado a dedicar incontables horas a repasar apuntes de historia imitando la curiosidad que en su día lo motivó a él.

La influencia que mi padre y sus pasiones han ejercido sobre mí no se limita solo a la historia. Durante años nuestro vínculo paterno-filial se reforzó a base de compartir horas en el sofá viendo la televisión. Muchos de estos momentos han estado protagonizados por fútbol aunque entre partido y partido puedo rescatar algunos momentos de cine. En especial recuerdo una noche en la que al llegar a la sala en la tele acababa de empezar la segunda parte de El Padrino. Había visto la película un par de años atrás y ya por entonces la contaba entre mis favoritas pero el amor que siento sobre esa cinta creció notablmenete con aquel segundo visionado. Mi padre y yo comentamos entusiasmados cada detalle y pude apreciar en él el júbilo que solo le reconocía ante una victoria importante del Real Madrid. El joven Vito Coreleone recorriendo los tejados de Nueva York, Michael pronosticando el triunfo de la revolución cubana y sobre todo esa maravillosa escena en la que Tom Hagen y Frank Pentangeli comparan a la familia Corleone con el imperio romano.

Desde que dejé de vivir con mis padres tengo menos oportunidades de compartir mesa con ellos. Cuando lo hacemos mi padre sigue repitiendo sus historias porque llegados a este punto ya no parece dispuesto a cambiar las viejas costumbres. Cada cierto tiempo saca a la palestra mi escena favorita de mi película favorita. “Dicen que organizaban las familias mafiosas como si fueran legiones romanas ¿Tú sabes cómo se organizaban las legiones romanas?”

No papá. ¿Cómo se organizaban las legiones romanas?

Día de reyes

Esta mañana apuraba las últimas gotas de mi café cuando dos niños entraron en el bar con la precipitación típica de estas fechas. Sus padres abrieron la puerta inmediatamente después, superados por el entusiasmo de los infantes que disfrutaban de sus nuevos juguetes. El día de reyes es para los niños y para la nostalgia de aquellos que ya no son niños. Yo también estaba en aquel bar para recordar tiempos pasados pero mi añoranza no se centraba en mi infancia. Estaba allí para regresar por unas horas a los días en los que mi existencia transcurría de manera vertiginosa. Estaba allí para ver a Diego Costa.

En 2014 mi vida se encontraba en una completa incertidumbre y yo trataba de agarrarme a cualquier certeza, por estúpida que fuera. Diego Costa fue mi clavo ardiendo: a él recurría todos los fines de semana, los buenos y los malos, solo o acompañado. Mi semana se podía resumir en aquellos lunes en la oficina en los que durante el primer café discutíamos las opciones del Atlético de Madrid de abandonar el liderato. Todo parecía una broma que se estaba alargando más de la cuenta. El chiste no se terminaba y Diego Costa se empeñó en subir la apuesta, en convertir cada partido en un espectáculo. La cosa se puso tan seria que empecé a ir al Calderón con asiduidad. A veces uno solo debe dedicar sus esfuerzos a estar donde hay que estar.

Aquello terminó porque algo tan intenso no podía durar. Con final feliz o no (aún no estoy del todo seguro) Diego Costa dejó Madrid y yo me fui con él. Me marché con la sensación de hacerlo en el momento justo, convencido de que alargar mi estancia más de lo necesario solo serviría para agriar una etapa que inevitablemente llegaba a su fin. Es posible que Costa sintiera algo parecido. Cada uno por su lado, abandonamos  2014 en el cajón de los recuerdos.

Antes de que el árbitro diera la orden de poner la pelota en juego un joven adolescente discutía a mi lado con su padre. Hablaban de Diego Costa, claro. Desde la primera jugada todos los ojos se sitúan sobre él, en el campo y en las casas y los bares. Un par de lances demuestran que el partido es suyo y de nadie más, como demostrarán los titulares de todos los periódicos un par de horas después. No puedo evitar sentirme embriagado por una emoción que parecía olvidada, congelada durante casi cuatro años. Ha vuelto el espectáculo: oro, incienso y mirra.

Este año sí han leído mi carta.

Nine is a lucky number

Me gustaban las tardes de domingo. Incluso las de invierno. Qué coño, creo que las de invierno eran las que más me gustaban. Cuando salía de casa al mediodía para visitar a mis padres mi calle estaba completamente vacía y Santiago parecía una ciudad fantasma. Solo cuando el día se acercaba a su fin algunos bares y cafeterías abrían sus puertas para recordar que el apocalipsis zombi aún no había llegado. De alguna manera las últimas horas del domingo siempre han funcionado como anticipo del lunes.

Para mí quedar los tres era una forma de retrasar lo inevitable. No existen madrugones ni jefes ni compañeros pesados mientras pueda engañarme a mí mismo. Nos veíamos en alguna cafetería y desmontábamos el mundo que nos rodeaba. De vez en cuando incluso se nos escapaba algún lamento pero cuando estábamos juntos era como si no termináramos de creérnoslo. Todo era una broma, la infinita broma, como si nada pudiera atraparnos en nuestro rincón.

Una de aquellas tardes de invierno yo decidí escupir alguna de mis preocupaciones, de esas que no duraban más de dos semanas pero que a mí me podían parecer material de novela trágica. Creo que no me tomaron en serio y menos mal que no lo hicieron. Les acabé hablando de una canción de John Lennon que había escuchado ese fin de semana. “Al llegar a casa os la paso”. Nos separamos y yo me volví al piso compartido en el que vivía solo. Silbando en el portal mientras esperaba el ascensor.

Come Dancing

Londres es una ciudad compuesta por una serie de pequeñas ciudades. Mi hermana se ha ido a vivir allí y ha terminado por residir en el East End, famoso barrio con su propia idiosincrasia. Como siempre he mostrado interés por las diferentes historias que surgen del lugar aprovecho la conexión familiar para comentar los temas de actualidad mientras planeo una futura visita. También he intercambiado impresiones sobre la zona con mi tío político, natural de Liverpool. Cuando le informo de que su sobrina reside en Whitechapel su primera reacción produce una mueca y el más común de los comentarios “Oh! Jack the Ripper”. Además de recordar al más ilustre vecino de la zona también aprovecha para rememorar visitas al East End para visitar a una novia que tuvo en los años setenta. Según sus propias palabras en aquella época “para un asiduo del Soho, entrar en el barrio obrero era como entrar en otro mundo”.

Con mi hermana en el East End se me hace imposible no acordarme del bueno de Ray Davies. Digamos que en un blog que preside una foto de los hermanos Davies sobran las excusas para hablar de The Kinks pero esta vez tiene una justificación que explicaré a continuación.

Ray Davies es un músico británico que ha dedicado su carrera a escribir canciones que recreaban la vida cotidiana de la sociedad inglesa. Se crió en el norte de Londres en el seno de una familia muy numerosa, con seis hermanas mayores y un hermano menor, con el que fundaría The Kinks en los años sesenta. A sus hermanas les ha dedicado numerosas canciones, entre ellas algunas de mis favoritas: “Rosy Won’t You Please Come Home”, “Days”, “Waterloo Sunset”, “Two Sisters” entre otras. Tantas canciones hizo el bueno de Ray y tan numerosa es su familia que en ocasionas me he encontrado a mí mismo tratando de diferenciar a cada una de las hermanas que protagonizaban sus temas. Entre todas estas canciones y hermanas hoy quiero recuperar “Come Dancing”, una canción que Ray Davies dedicó a la mayor de sus hermanas, Rene, y que está ambientada en el ya mencionado barrio del East End.

La canción está impregnada por la nostalgia de un narrador que tras recordar los locales que componían el barrio de su infancia repara en una sala de fiestas que solía frecuentar su hermana mayor. El título de la canción, “Come Dancing”, hace referencia a la invitaciones que la susodicha hermana recibía de los muchos pretendientes que deseaban sacarla a bailar. El círculo nostálgico se cierra cuando la canción explica cómo los dos protagonistas sintieron terminar su infancia el día que la famosa sala de fiestas fue demolida. Para terminar la voz principal narra como ahora su hermana mayor adopta el papel de madre que espera por su hija cuando esta sale a bailar.

A la hora de componer esta canción Ray Davies tomó como referencia recuerdos reales de su infancia. Así pues, como el narrador al que da voz, Davies también tenía una hermana que solía salir a bailar cada noche. Rene era la hermana mayor de la familia y vivía en Canadá casada con un hombre que abusaba de ella. Cansada de esta situación regresó al Reino Unido en busca de la seguridad que ofrecía el seno familiar cuando Ray estaba a punto de cumplir trece años. En los últimos años la salud de Rene había empeorado  y a pesar de su juventud su maltrecho corazón le impedía realizar grandes esfuerzos. Ignorando estos problemas la mayor de los Davies aprovechó su estancia en Inglaterra para reunirse con los viejos amigos y salir a bailar como había hecho siempre. Una noche, sobre la pista de baila, el corazón de Rene dijo basta y terminó con la vida de la joven, que murió en los brazos de su compañero de baile. Tenía 31 años y pocos días antes le había regalado a su hermano Ray la guitarra por la que llevaba años suspirando. Su primera guitarra.

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