Categoría: 2018

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Ten years gone

Then as it was, then again it will be
And though the course may change sometimes
Rivers always reach the sea

Recuerdo que hacía mucho calor. En septiembre de 2008 parecía que el verano no terminaría nunca. La selección española acababa de proclamarse campeona de Europa y Rafa Nadal se había impuesto en Wimbledon en un partido que pasó a los anales de la historia. Alberto Contador recogía su corona llegando primero a la cima del Angliru y dos días después, lunes 15 de septiembre, quebró Lehamn Brothers. En aquella semana que cambió el mundo yo acudí a mis primeras clases en la universidad.

Tras diez años intento recrear como fue el inicio de mi vida adulta. Primero tendría que aclarar si realmente era un adulto por entonces: lo peor de entrar en la universidad con diecisiete años es que para comprar alcohol aún tienes que pedirle el favor a algún amigo. No sabía ni afeitarme sin convertir el baño en una película de Tarantino. Poseía el encanto del joven entusiasta y confiado que ignoraba las hostias que la realidad cocinaba a fuego lento expresamente para él. Esa imagen, la del inocente y soberbio bachiller, es la que construyo a partir de recuerdos difusos y antiguas fotos. Se ajuste o no a la realidad, el hombre escéptico en el que me he convertido tiene su propia versión de los hechos y el vencedor es quien escribe la historia.

Supongo que es inevitable que al crecer y adquirir nuevas responsabilidades se añoren los años de estudio como una época más sencilla pero lo cierto es que los comienzos no fueron fáciles. Para un tipo como yo, que apenas había salido de su barrio, llegar al campus era un paso tan necesario como aterrador. Como Bilbo, me vi obligado a salir de la Comarca; solo que a mí no vino Gandalf a buscarme. A mí el que me sacó de mi burbuja fue el tiempo, que no podía retrasar más el momento de enfrentarme al mundo real. De pronto me vi como un explorador ante una inmensa llanura que se pierde en el horizonte. Todo era nuevo, todo desconocido. También desafiante: la dificultad había subido varios escalones con respecto al instituto y en mi primer curso de ingeniería más de una noche me he desplomado en cama demasiado cansado como para pensar siquiera en mi vida. A veces la mejor forma de dormir tranquilo es no tener ni tiempo para intranquilizarse. De alguna forma también echo de menos aquello, claro.

Supongo que si estas fechas cobran una relevancia especial es porque la cifra redonda (diez años) me sirve de excusa para pensar en mi situación actual. Ya no hay montañas, ya no hay gigantes que enfrentar. Los años me han caído encima y soy consciente de que cada vez queda menos tiempo, menos oportunidades, y el precio a pagar por un gran error es mucho mayor. Si antes buscaba una aventura nueva cada día ahora me apoyo en la rutina para no perder el rumbo. Pequeños objetivos y retos que exigen constancia. Incluso me machaco en el gimnasio para dormir a gusto siempre que no estoy lesionado. Si algo se ha multiplicado de forma exponencial es el tiempo de recuperación, ya sea de lesiones o resacas.

A veces me pregunto qué opinaría de mi actual yo aquel imberbe de dieciste años. Creo que le gustaría mi aspecto aunque no tanto mi historia. Me imagino repitiéndole esa odiosa frase de padre: “Cuando seas mayor lo entenderás”. ¿Le daría algún consejo? No lo creo. Todas las lecciones importantes las he aprendido por las malas y si algo funciona es mejor no tocarlo. Si acaso le recomendaría que se mantuviera alejado del licor café.

25 canciones de Creedence Clearwater Revival

Creedence Clearwater Revival tiene el mérito de estar considerado entre los mejores grupos de la historia a pesar de concentrar su periodo de actividad en solo tres años (1968-1971). En este tiempo publicaron seis álbums (siete si contamos el “Mardi Gras”, álbum publicado en 1972 ya sin la presencia del guitarrista Tom Fogerty y de nivel muy inferior a sus predecesores) que alcanzaron gran reconocimiento, convirtiéndose en uno de los grupos más prolíficos de la edad dorada de la música contemporánea. A modo de resumen he dejado una lista de mis 25 canciones favoritas de la banda con las siguientes conclusiones:

1. Álbum favorito: Los tres mejores son claramente “Green River”, “Willy and the Poor Boys” y “Cosmo’s Factory” pero si tengo que quedarme solo con uno elijo este último.

2. Canción favorita: me gustan especialmente “Who’ll Stop the Rain” y “Wrote a Song for Everyone” por sus potentes letras (que me han acompañado desde hace años) y “Lookin’ Out my Backdoor” porque siempre (SIEMPRE) que suena en mi coche me pongo a dar golpe en el techo imitando a El Nota en “El gran Lebowski”.

Día de reyes

Esta mañana apuraba las últimas gotas de mi café cuando dos niños entraron en el bar con la precipitación típica de estas fechas. Sus padres abrieron la puerta inmediatamente después, superados por el entusiasmo de los infantes que disfrutaban de sus nuevos juguetes. El día de reyes es para los niños y para la nostalgia de aquellos que ya no son niños. Yo también estaba en aquel bar para recordar tiempos pasados pero mi añoranza no se centraba en mi infancia. Estaba allí para regresar por unas horas a los días en los que mi existencia transcurría de manera vertiginosa. Estaba allí para ver a Diego Costa.

En 2014 mi vida se encontraba en una completa incertidumbre y yo trataba de agarrarme a cualquier certeza, por estúpida que fuera. Diego Costa fue mi clavo ardiendo: a él recurría todos los fines de semana, los buenos y los malos, solo o acompañado. Mi semana se podía resumir en aquellos lunes en la oficina en los que durante el primer café discutíamos las opciones del Atlético de Madrid de abandonar el liderato. Todo parecía una broma que se estaba alargando más de la cuenta. El chiste no se terminaba y Diego Costa se empeñó en subir la apuesta, en convertir cada partido en un espectáculo. La cosa se puso tan seria que empecé a ir al Calderón con asiduidad. A veces uno solo debe dedicar sus esfuerzos a estar donde hay que estar.

Aquello terminó porque algo tan intenso no podía durar. Con final feliz o no (aún no estoy del todo seguro) Diego Costa dejó Madrid y yo me fui con él. Me marché con la sensación de hacerlo en el momento justo, convencido de que alargar mi estancia más de lo necesario solo serviría para agriar una etapa que inevitablemente llegaba a su fin. Es posible que Costa sintiera algo parecido. Cada uno por su lado, abandonamos  2014 en el cajón de los recuerdos.

Antes de que el árbitro diera la orden de poner la pelota en juego un joven adolescente discutía a mi lado con su padre. Hablaban de Diego Costa, claro. Desde la primera jugada todos los ojos se sitúan sobre él, en el campo y en las casas y los bares. Un par de lances demuestran que el partido es suyo y de nadie más, como demostrarán los titulares de todos los periódicos un par de horas después. No puedo evitar sentirme embriagado por una emoción que parecía olvidada, congelada durante casi cuatro años. Ha vuelto el espectáculo: oro, incienso y mirra.

Este año sí han leído mi carta.