Out of Time Man

Mediados de febrero de 2020

Salgo corriendo de trabajar. Ahora salgo a las cinco y media, treinta minutos más de vida. Solo es mi segunda semana en la nueva empresa y ya huyo sin mirar atrás en cuanto me llega la hora. Esta vez tengo un motivo: Nuria y Adrián me están esperando. Es un evento importante porque cada vez es más difícil reunirnos. Hace no mucho tiempo estábamos juntos a todas horas y ahora que no compartimos ciudad nos conformamos con encontrarnos un par de veces al año.

Busco sitio donde aparcar en el centro, la vieja lucha de cada día que abandoné hace unos meses. No lo echo nada de menos. Realmente yo “nunca” he vivido en el centro. Mi vida está entre el barrio en el que me crié y la zona vieja. Solo aproveché mis años en el ensanche cuando Adrián y Nuria eran casi vecinos míos. Ahora que me están esperando sigo llegando tarde por culpa del trabajo. En alguna ocasión incluso fueron al cine mientras yo aún estaba en la oficina, cosas de los horarios infernales de la Númax y su única sala. Cómo me jodía que fueran al cine sin mí.

Consigo aparcar al fin, me esperan en la terraza del Tertulia, llegando a Galeras. Solía desayunar por allí, parece que fue hace un siglo pero no ha pasado ni un año. Miro el reloj por mirar: las agujas están paradas. Llevo todo el día mirando para esas agujas paradas, típico acto reflejo. Apuro el paso porque Nuria no puede quedarse hasta tarde. Luce el sol pero pronto oscurecerá.

Qué bueno juntarse los tres, realmente actuamos casi como si siguiéramos viéndonos a diario. No pasa el tiempo cuando estamos juntos. Adrián sigue con su vida en Madrid, más agitada que de costumbre. Nuria ya se prepara para afrontar las elecciones, que serán en menos de dos meses (je). Yo con mi nuevo trabajo, aún no sé ni qué contar de mi nuevo trabajo. Seguimos hablando de la misma gente y quejándonos de los mismos problemas. En su día vivíamos para quejarnos: el mejor momento de la semana era cuando nos juntábamos para desahogarnos. Ahora lo hacemos con un recorrido más amplio: hace medio año que no coincidíamos los tres.

Nuria se marcha y yo me ofrezco a acercar a Adrián al aeropuerto. Le hablo de lo mucho que ha cambiado mi vida desde que cambié de empresa. Todo es distinto, no dejo de conocer a gente nueva. Estoy tan emocionado que me cuesta dormir por las noches. Él se alegra por mí, imagino que comprende que necesitaba un cambio. Antes de despedirnos prometo visitarlo en primavera.

Llego a casa cansado, necesito dormir del tirón, ahora solo hago los fines de semana. Tengo que cambiar la pila del reloj. En una semana descubriré que no es cosa de la pila: las agujas se han aflojado. Me dará tiempo a arreglarlo antes de dejarlo encerrado en un cajón. Se quedará ahí durante un par de meses. Y yo nunca salgo de casa sin reloj.

When God and her were born

Hace unos pocos años fui al cine con mis amigos a ver Steve Jobs de Danny Boyle. Disfruté mucho la película pero mis compañeros no parecían compartir mi entusiasmo. Recuerdo en concreto un momento que ilustra con claridad nuestras diferencias: durante un flashback se centra la acción en una discusión entre unos jóvenes Steve Jobs y Steve Wozniak. Discuten sobre el diseño de su archifamoso Apple 2, para el cual Jobs exige menos adaptadores que obliguen a los usuarios a utilizar el producto tal y como él lo concibe. Wozniak le echa en cara a Jobs que los clientes no entenderán esa decisión a lo que Jobs responde con su mantra de que la gente no sabe lo que quiere. Para ilustrar este hecho Jobs utiliza la siguiente frase: “Cuando Dylan escribió Shelter from the Storm no necesitó la opinión del público”. Una referencia así despertó mi atención, claro. Respondí dándole un codazo al amigo que tenía al lado mientras le decía “joder, qué gran verdad”. A él no parecía importarle. Yo salí del cine con una sonrisa mientras sonaba, como no, Shelter from the Storm con los créditos cayendo en la pantalla.

La primera vez que escuché esta canción también fue en los créditos finales de una película, en una improbable tarde de domingo en casa de mis padres. Calculo que tendría dieciocho años cuando pillé a mi madre viendo Jerry Maguire en la tele y aunque la película ya estaba empezada me quedé a verla con ella. Durante la escena final y los créditos suena Shelter from the Storm. La música es un elemento central en el cine de Cameron Crowe, que antes de ser director de cine fue redactor para la revista Rolling Stone. Cuida con tanto detalle las elecciones musicales que para esta escena eligió una versión nunca publicada, la primera toma que se grabó de la canción y que hasta la edición de la banda sonora de Jerry Maguire solo se había podido escuchar en copias piratas (el disco original de Dylan se había publicado 21 años antes). Actualmente es mi versión favorita del tema y recuerdo que en cuanto lo escuché aquella primera vez me fui corriendo al ordenador para encontrarlo a partir de las letras que había conseguido memorizar. Letras que hablan de esperanza en un mundo desolado. Una esperanza que, como descubrió Jerry Maguire, se puede obtener a partir de una mujer. Creo que el público sí puede entender eso.

3. When I Paint My Masterpiece (The Band)

«It’s all there. You can read it. The facts, the camaraderie of equals, the notion of a hard testing ground, superb musicianship, randiness, roots, memory, archetypal American music and its obsession with mystery and death. All there and all true».

Uno de los milagros de internet que suele pasar desapercibido es la posibilidad que ofrece de acceder a archivos de revistas y periódicos antiguos. Sí, muchos medios han digitalizado una buena parte de sus artículos y en la actualidad es posible consultar noticias históricas narradas tal como fueron escritas en el momento en el que se producían los hechos. Este avance tecnológico me ha permitido por ejemplo leer las crónicas de El País sobre la caída del muro de Berlín o la liga que ganó el Dépor. Dejando la historia a un lado, lo que más me gusta es leer las críticas que la revista Rolling Stone publicaba ante el lanzamiento de un álbum importante. Mi favorita es la que escribió Paul Nelson sobre The Basement Tapes.

La crítica de Nelson (el párrafo que encabeza esta entrada es un extracto de la misma) es afrontada por el autor como un caso por resolver al clásico estilo detectivesco del universo noir. Por supuesto el caso termina sin resolver porque nadie puede “resolver” The Basement Tapes. Son una pieza única en la historia de la música popular. Son tan peculiares que se publicaron ocho años después de haber sido grabadas. Por supuesto ninguna de las canciones que se recopilaron en el disco oficial de 1975 estaban preparadas para un disco de estudio serio. Eran sesiones medio improvisadas, en sucio, de un grupo que no existía. Dylan y su banda, The Band, que le había acompañado durante su última gira eléctrica. Para su álbum debut, Music From Big Pink, sí regrabaron un puñado de canciones que salieron de aquel estudio improvisado en el condado de West Saugerties (la ya legendaria casa Big Pink y su famoso sótano). El disco fue todo un éxito y salió al mercado con una portada dibujada por el propio Dylan, que por lo demás no participó en la grabación original. Aquello era 1968 y aunque supuso una revolución para la música americana pronto empezaron a surgir los rumores de que mucho otro material había quedado guardado. La madre de todos los bootleg, la música que Dylan toca en un sótano mientras se niega a salir de gira, dar entrevistas o siquiera informar sobre su estado tras aquel accidente de moto que casi le cuesta la vida.

El proceso creativo de Dylan y The Band se alejaba de la música eléctrica que el bardo de Minesota había incluido en su repertorio ganándole la etiqueta de traidor. Dylan volvía a sonar a acústico pero no sonaba como aquel que lideró la folk revival de principios de los 60. El nuevo estilo dio en llamarse roots rock o lo que hoy se conoce más comúnmente como americana, un estilo que recoge sonidos de varios de los grandes géneros puramente americanos como son el folk, el country, el blues y el gospel. Fue un sonido que pronto colaría temas en las listas de éxitos por medio de grupos como The Byrds (en su etapa final) y Crosby Stills and Nash (y Young, Neil Young fue la gran estrella de todo esto). Pero antes de todo aquello en un sótano estaban Bob y Dylan, Robbie Robertson, Richard Manuel y Rick Danko no pensando en revolucionar el género sino simple y llanamente tocando la música que les apetecía, con historias perdidas propias del folk más tradicional pero con un sonido completamente nuevo.

When I paint My Masterpiece no fue publicada ni grabada en las sesiones de The Basemente Tapes ni se cuenta entre el material que vio la luz con Music From Big Pink (fue escrita por Dylan para The Band en 1971) pero he elegido esta canción porque es mi favorita del grupo canadiense y mantiene el espíritu de aquel material. Un material que en su momento fue inclasificable por su novedad pero que hundía sus raíces en lo más puro de la tradición musical americana, con historias y personajes atemporales. Canciones felices o melancólicas que me siguen fascinando con cada escucha. Todavía sigo atrapado por el misterio que encierran como si fueran mensajes antiguos y duraderos.

Las canciones de Big Pink son el origen de toda la carrera de The Band, que terminaría en aquel maravilloso concierto rodado por Martin Scorsese y titulado para la posteridad como The Last Waltz. Si el concierto ya de por sí estaba predestinado a pasar a la historia, lo acertado de aquel nombre terminó de completar la leyenda de una actuación que cierra con I Shall Be Released, esa canción de liberación que resumió mejor que ninguna otra la trayectoria de un grupo que había llegado hasta allí desde un sótano de West Saugerties, Nueva York.

«The songs on The Basement Tapes are the hardest, toughest, sweetest, saddest, funniest, wisest songs I know, yet I don’t know what they’re about. Friendship, sex, death, heroism, learning from others. I guess history and inevitability are in there too. And sorrow and longing».

Lenny Bruce

(Este texto lo escribí en el verano de 2017)

En mis años de adolescente me aficioné a ver monólogos en televisión. Podía pasar horas con Nuevos cómicos, admirando la inteligencia de una nueva generación llamada a revolucionar el stand up en España. Los jóvenes humoristas españoles estaban adaptando las tendencias de la comedia americana, abandonando definitivamente el humor rancio en el que nunca faltaban chistes sobre suegras malhumoradas o problemas para aparcar el coche. Durante esta pequeña revolución se pusieron delante del micrófono varios de los humoristas que hoy lideran la comedia en nuestro país: el cuarteto de Albacete (Ernesto Sevilla, Joaquín Reyes, Pablo Chiapella y Raúl Cimas), Ángel Martín, Ignatius, Jose Juán Vaquero, Miguel Lago, Eva Hache, Julián López, Iñaki Urrutia, Kaco, Dani Robira, Don Mauro, David Broncano y Dani Mateo, entre muchos otros. Con el tiempo fui eligiendo a mis favoritos, los que de verdad conseguían captar mi atención. Entre estos últimos incluyo a Miguel Iribar, de discurso tranquilo pero muy ocurrente. Nunca fue el más gracioso ni el que tenía una mejor actuación pero siempre guardaba en la manga alguna reflexión interesante. Tenía algo que contar.

Años más tarde, cuando las noches de tele y monólogos ya habían desaparecido de mi vida, Miguel Iribar volvió a cruzarse en mi camino. Lo descubrí escribiendo su propia columna en Jot Down. Sus artículos repasan el mundo de la comedia desde una perspectiva histórica con visión nacional e internacional. En su primer artículo, por ejemplo, dedica unas líneas a analizar la singularidad que representa Ignatius Farray en el panorama humorístico español (un Ignatius que por entonces distaba mucho de gozar de la fama que hoy le persigue). El artículo que más me gustó de esta columna se centra en la figura de un personaje oscuro, polémico e inclasificable: Lenny Bruce.

Sí, mi intención es hablar de Lenny Bruce (por eso su nombre sale en el título) pero llegados a este punto he de hacer una pausa para explicar de dónde saqué la inspiración para escribir todo esto.

Una mañana cualquiera de un día cualquiera estaba trabajando mientras escuchaba música. En concreto, me encontraba yo descubriendo el Chelsea Girl de Nico, esa vocalista alemana que pasará a la historia como la cantante que, por insistencia de Andy Warholl, añadió su nombre al álbum The Velvet Underground & Nico, unánimemente considerado como uno de los mejores de la historia. Chelsea Girl es el primer álbum de Nico en solitario y está compuesto principalmente por canciones que Lou Reed y Jackson Browne escribieron para que ella las cantara (Nico gravaría la deliciosa These Days, que a la postre se convertiría en uno de los grande éxitos de Browne). Bob Dylan también cedió una canción para el álbum (I’ll Keep It With Mine) y el tema que cierra el álbum fue escrito por Tim Hardin. Esta última canción está dedicada a un amigo fallecido y recibe el título de Eulogy to Lenny Bruce. ¿Lenny Bruce? Había oído ese nombre antes.

En lo primero que pensé fue en uno de mis temas favoritos de Phil Ochs, Doesn’t Lenny Live Here Any More. Efectivamente, Phil había dedicado en varios directos la canción a la memoria de Lenny Bruce, de ahí que mi cerebro encontrara cierta conexión entre ambos personajes. La canción ahonda en la depresión y termina en suicidio, motivos que me hacen pensar que Ochs la escribió como introspección y que la muerte de Lenny Bruce solo sirvió de detonante (Phil Ochs se suicidó en 1975 tras verse inmerso en una profunda depresión). Estas sospechas están reafirmadas por el carácter extremadamente íntimo y personal de la canción además del hecho de que Lenny Bruce murió por una sobredosis de morfina (aunque en un principio circuló el rumor de una muerte autoinfligida). Digamos pues que aunque la canción no ahondara en el personaje de Lenny Bruce sí sirvió para refrescarme la memoria sobre ese nombre que de alguna forma me resultaba familiar.

Tras indagar un poco sobre el personaje me encontré con otra canción más, ésta escrita por mi buen amigo Bob Dylan (¿no conocía esta canción de antes? No tengo perdón de dios) y publicada en su álbum Shot of Love, el último de su trilogía de discos de contenido principalmente religioso. El tema analiza la figura de Lenny Bruce de forma un tanto románticz, convirtiéndolo en un revolucionario que arriesgó su figura por defender los ideales de la libertad de expresión. Aunque la canción de Ochs me gusta más, sin duda la de Dylan es la que más justicia le hace a la figura de Lenny. Volveré sobre ella más adelante, de momento me gustaría apuntar que Dylan se incluye entre los artistas que ofrecieron su apoyo a Lenny cuando éste último fue juzgado por obscenidad. Como curiosidad señalar que ambos aparecen en la portada del álbum Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band de The Beatles, probablemente la más icónica en la historia de la música contemporánea (ambos en la última fila, Bob Dylan es el primero por la derecha y Lenny Bruce el tercero por la izquierda).

Con toda esta expectación llegué a Lenny, la película de Bob Fosse protagonizada por Dustin Hoffman. La película es realmente interesante y alcanza cierta grandeza en las escenas de stand up, con Hoffman micrófono en mano. El trabajo del actor fue tan soberbio que lo metió de lleno en la pelea por los grandes premios a mejor actor. Era 1974 y aquella carrera por el Oscar sigue considerándose una de las más disputadas de la historia. Optaban a la estatuilla tres papeles que con el tiempo acabarían convirtiéndose en icónicos: Jack Nicholson por Chinatown, Al Pacino por El padrino parte II (el mismísimo Michael Corleone) y el ya citado Dustin Hoffman por Lenny. La cosa estaba tan reñida que al final no se llevó el premio ninguno de los tres, lo obtuvo Art Carney por su trabajo en Harry y Tonto en la que sigue siendo una de las mayores sorpresas de la historia del premio. El Globo de oro fue para Jack Nicholson.

Aunque Dustin Hoffman ha ganado hasta cinco Globos de oro, Lenny Bruce nunca obtuvo un reconocimiento semejante como bien se encarga de recordar Dylan en su canción. Lo suyo fue ser un pionero, alguien que se jugaba la piel por sus convicciones en un tiempo menos tolerante que el actual. Fue detenido en innumerables ocasiones, muchas veces en el propio escenario, por usar palabras malsonantes o tratar temas como la homosexualidad o el racismo en público. Su carrera se fue por el desagüe entre disputas judiciales y una muerte prematura le impidió vivir tiempos más tolerantes. En palabras de Dylan, libró una guerra en un campo de batalla en el que toda victoria duele.

Es fácil simpatizar con Lenny Bruce y su historia como es fácil simpatizar con cualquier persona que suene sincera. Supongo que por eso me ha interesado siempre el mundo del humor: los buenos cómicos han gozado siempre del ingenio necesario para romper tabúes y enfrentar a la sociedad con las verdades más incomodas. Esto les ha generado siempre problemas y seguirá haciéndolo porque nunca estaremos preparados para enfrentarnos con según que demonios. Solo nos queda desear que el paso del tiempo permita a las distintas sociedades superar sus traumas más profundos. Seguramente sean pioneros como Lenny los que abran esos caminos.

El 23 de diciembre de 2003 el gobernador de Nueva York otorgó el perdón póstumo a Lenny Bruce por su condena por obscenidad.

2. Box #10 (Jim Croce)

Me encantan las historias de perdedores, especialmente las de aquellos con un gran talento que parece que nadie aprecia. Desde luego el mundo de la música se presta especialmente para encontrar este tipo de historias. Ya saben, Llewyn Davis recorriendo las calles nevadas de Chicago sin abrigo. O Billy Joel al final de Piano Man clamando «Man, what are you doing here», una canción que juega con la idea de la falsa autobiografía: tras el fracaso que supuso la publicación de su primer álbum Joel insinúa a modo de parodia que tuvo que ganarse la vida tocando el piano en un bar rodeado de perdedores.

Box #10, balada folk de Jim Croce, también cuenta la historia de un perdedor que trata de abrirse camino en un mundo despiadado que no duda de aprovecharse de su ingenua inocencia de country boy. La narración comienza en tercera persona pero a medida que avanza el narrador admite con vergüenza ser el protagonista de los hechos («Oh well, it’s easy for you to see that that country boy is me»). ¿Cuánto de autobiográfico hay realmente en estos versos? Seguramente más de lo que cabría esperar.

Jim Croce nació en Filadefia en 1943 y cursó estudios de psicología en la Universidad de Villanova. En sus años universitarios conoció a su futura esposa Ingrid y juntos a se dedicaron a interpretar música folk en cafés a lo largo y ancho del estado de Pensilvania. Seguían la corriente impulsada desde el renacer folk del Village neoyorquino y forjaron su repertorio con canciones de músico de esta generación. Contrajeron matrimonio en 1966 y como regalo de boda los padres de Jim le entregaron una cantidad de dinero destinada a grabar un álbum independiente. La familia de Jim creía que un duro golpe con la realidad en forma de fracaso terminaría de convencer a su hijo para que dejara la música y se buscara una profesión de verdad para convertirse en un hombre respetable. Jim Croce defraudó a sus padres: tardó poco en vender las quinientas copias que había producido de su álbum Facets y siguió adelante en el mundo de la música.

El siguiente paso en su carrera tenía que pasar por hacerse con un contrato en alguna discográfica y éste llegaría cuando en 1969 firma con Capitol Records para producir un disco con su esposa. Jim & Ingrid Croce fue un fracaso comercial y tras una infructuosa gira promocional el mundo del espectáculo dio la espalda a Jim, que tuvo que tuvo que buscarse la vida trabajando como camionero y peón de obra. No obstante utilizaría aquellas experiencias como combustible para escribir nuevas canciones.

Cargado de nuevo material Jim utilizó su contactos para producir en 1972 un nuevo álbum, You Don’t Mess Around with Jim, un disco fol-rock que lo retrataba como un tipo duro (para representar el papel  comenzó a lucir un gran bigote que pasaría a ser su sello personal). Una vez grabado el disco lo difícil fue ponerlo en circulación. Jim Croce fue rechazado hasta por cuarenta discográficas hasta que ABC Records lo contrató para distribuir su primer álbum y otros dos más a producir en los próximos años. La canción que da título al álbum funcionó muy bien y se había colado en el top 10 de las listas americanas y Elevator, su otro single, también alcanzaría el top 20. La confirmación llegaría un año después con el segundo disco (Life & Times) que saldría al mercado acompañado de un single, Bad, Bad Leroy Brown, que se alzaría hasta la primera posición del Billboard Hot 100. Jim Croce era por fin una estrella.

Apariciones en televisión y una gira con actuaciones por todo el país marcaron el verano de 1973 de Jim Croce. Mientras preparaba su último álbum para ABC presentó la canción que daría nombre al mismo, I Got a Name, como parte de la banda sonora de la película protagonizaba por Jeff Bridges El último héroe americano. La película se estrenó en Julio y se había planeado el lanzamiento de la canción como single para el 21 de septiembre. Justo un día antes se produjo la terrible tragedia: Jim Croce perdía la vida en un accidente de avioneta en Lousiana en plena gira de conciertos. Tenía treinta años.

El suceso conmocionó al público y las ventas de discos se dispararon. I Got a Name llegó al mercado en diciembre alcanzando el número dos de las listas y aún así no fue el producto que reportó mejores resultados: la fatídica muerte de Jim llevó a ABC a recuperar una canción del primer álbum que trataba la fugacidad del tiempo, Time in a Bottle. Los versos de la canción se relacionarían para siempre con el desdichado destino de su escritor y tras publicarse como single en noviembre alcanzaría el número uno de las listas americanas. Su éxito arrastró al álbum You Don’t Mess Around with Jim también hasta el número uno a principios de 1974, donde permanecería durante cinco semanas.

Las canciones de Jim Croce siguen sonando hoy en las radios americanas y son utilizadas de forma recurrente en películas y series de televisión. Además no somos pocos los que conocemos su historia y disfrutamos con su breve pero intenso legado. Digamos que después de todo no está nada mal para un country boy fracasado.

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