Cuando era niño, Kareem Abdul Jabbar dominaba el techo de mi habitación. No siempre era la misma imagen: unos días aparecía con la camiseta de los Milwaukee Bucks (peinado afro negro como el carbón) y otros con la de Los Angeles Lakers (cabeza afeitada y brillante). Siempre llevaba sus características gafas y se encontraba congelado en el aire, con su brazo derecho estirado en plena ejecución de su famoso Sky Hook. El movimiento más imparable de la historia del baloncesto.

Kareem hacía acto de presencia en las noches más largas y oscuras, aquellas en las que no era capaz de dormir. De niño te dicen que para distraer la mente y atraer el sueño debes contar ovejas pero yo no tenía ningún interés en las ovejas. Cuando mi mente tenía que buscar refugio en algo conocido, el baloncesto surgía como la opción más fiable. Era una obsesión. Mi cabeza se llenaba de datos, imágenes e instantes en los que me sumergía hasta quedarme dormido. Si la cosa se ponía fea y no conseguía conciliar el sueño recurría a juegos de memoria que me mantuvieran entretenido. Al principio recitaba la lista de todos los equipos campeones, respetando el orden y el año. Si conseguía terminar la lista antes de quedarme dormido comenzaba a hacer lo propio con la lista de los ganadores del trofeo MVP de temporada regular. Nunca me faltaron listas que memorizar y recitar.

Sobre estos juegos de memoria llegué a desarrollar reglas que me ayudaran a recordar. Por ejemplo: los noventa son de Michael Jordan y los Bulls, los sesenta son de los Boston Celtics. En la lista de MVPs, los setenta son territorio Kareem. Cuando repasaba esa década la única dificultad consistía en precisar quiénes eran los mortales capaces de arrebatarle el trofeo en aquellos años. Entre 1971 y 1980 levantó hasta seis galardones, más que ningún otro jugador. Precisemos: más que Michael Jordan. Es importante señalar este dato porque para un niño criado en los noventa no es fácil asimilar que alguien pudiera superar a Jordan. Simplemente no entraba en los esquemas. Seguramente a partir de aquel dato empecé a admirar al hombre de improbable apellido árabe.

Como Kareem se convirtió en mi favorito (sus vídeos me enamoraron más que ningún dato) durante aquellos repasos solía detenerme en su figura para recordar jugadas y anécdotas. En plena madrugada en el techo de mi habitación los Lakers jugaban las finales de 1985. Aún ahora, después de muchas noches, muchas habitaciones y muchos techos distintos me sorprendo a mí mismo recitando listas cuando el sueño no consigue alcanzarme. Kareem Abdul Jabbar siempre saca tiempo para hacerme una visita y enseñarme algún Sky Hook. Supongo que un gigante bondadoso es uno de los mejores héroes que un niño (y no tan niño) puede elegir.