Categoría: 31 canciones (Página 1 de 2)

6. Hey, Hey, What Can I Do? (Led Zeppelin)

Quería hacer una entrada con mi canción favorita de Led Zeppelin y claro, ahí se presentaba un problema: quédate tú solo con una. Para resolver la disputa he decidido reunir un puñado de canciones que son especiales para mí y debatir sobre ellas hasta dar con la solución. Y de paso las escucho todas de nuevo, que nunca está de más.

(DISCLAIMER: Ha sido difícil hacer la lista, me gustan un montón de ellas más pero en algún momento tenía que parar)

Ramble On
No sé cuál es la primera canción que escuché de Led Zeppelin ni cuando se produjo ese bautismo pero de lo que sí que estoy seguro es de que la canción que me introdujo en esta religión fue Ramble On. Se podría decir que tiene todos los ingredientes para definirla como el arquetipo de canción de Led Zeppelin: una buena base de guitarra acústica, línea de bajo atractiva, voz suave de Plant acorde con los rasgos de folk nórdico para luego explotar en gemidos acompañados de la guitarra eléctrica de Jimmy Page. En cuanto a la letra, chico busca a chica pero no se va a dar por vencido ante el primer revés y seguirá su camino con resolución (todo un clásico de esta banda). Añádele un puñado de referencias a El Señor de los Anillos y sí, ya tienes piedra de toque. La canción es tan buena que he de reconocer que estaría entre las tres o cuatro finalistas si tuviera que quedarme solo con una.

Gallows Pole
Led Zeppelin III es el disco que más veces he escuchado en mi vida. Hubo un tiempo que yo creo que lo escuchaba todos los días al menos una vez. Es el más folk de todos los discos que publicaron estos muchachos y aunque eso seguramente influyó para que el disco no alcanzara el éxito de sus contemporáneos (que tampoco nos flipemos, por supuesto fue número uno en todo el mundo y vendió millones de copias) sí es suficiente para ocupar un lugar especial en mi corazón folkie. Gallows Pole es un arreglo de la balada tradicional del siglo XIX The Maid Freed from the Gallows, todo un clásico del cancionero folk americano. Esta es un versión blues/hard rock que lideran Jimmy Page con su acústica (y su banjo) y un inolvidable Robert Plant con aquellos alaridos de «Hangman, hangman hold it a little while». Vale, el bajo de John Paul Jones también es una pasada (esto debería añadirlo en todas las canciones que comente, aunque suene redundante).

Bron-Y-Aur Stomp
Esta es una sacada de rabo (con perdón) de nuestro amigo Jimmy Page a la guitarra acústica. La entrada de Bonhman en batería marca el ritmo de un tema hipnótico, una de las canciones que más veces he escuchado en mi vida. También me gusta mucho ver directos y covers porque el trabajo con la acústica es un verdadero espectáculo. Además Robert Plant dedicó la letra a su perro Strider (el nombre que recibe Aragorn en los primeros capítulos de El Señor de los Anillos, Trancos en castellano). Seguro se cuela en la pelea de mis favoritas.

Going to California
Si tuviera que quedarme con solo un puñado de segundos de toda la discografía de Led Zeppelin elegiría la bocanada de aire que suena al comienzo de Going to California. No es un sentimiento racional, lo sé. Simplemente vivo por y para esa bocanada. Siempre que la escucho sé que todo está en su sitio. Mientras exista esa bocanada todo irá bien.

When the Leeve Breaks
Bonham marca el ritmo como un general (una de mis ritmos de batería favoritos) y le da a la canción esa sensación de constancia que simula la lluvia creciendo hasta desbordar. Un tema casi perfecto, con riffs pegadizos y algunas explosiones de éxtasis de Plant que culminan en gritos (esto es Led Zeppelin, es lo que le pedimos a Led Zeppelin). Además me gusta ese repetir constante del «Cry won’t help you, pray will do you no good» porque con esta banda ya sabemos que hay dejar atrás las lágrimas y seguir adelante. Incluso durante una inundación.

Kashmir
Recuerdo perfectamente la primera vez que escuché Kashmir. Mi hermana acababa de comprar unos cascos nuevos, de estos que tenían sonido envolvente, y aprovechando que no estaba aquel día por casa se los cogí para probarlos un rato. Me puse a escuchar música toda una tarde y en algún momento me tropecé con Kashmir. El hecho de descubrir aquel tema potenciado con el sonido de aquellos cascos nuevos fue como una experiencia casi religiosa: no escuché ninguna canción más y repetí aquellos ocho minutos y medio una y otra vez hasta que me llegó la hora de ingerir alimentos.

In the light
In the Light es una realmente especial. Me obsesioné con ella hace un puñado de años cuando recorría la campiña inglesa y desde entonces siempre ha estado en mi bolsillo de canciones recurrentes. Además es la canción que siempre uso para probar dispositivos de sonido nuevos, mi toque de queda. Si se escuchan bien todos los matices de In the Light, tiene mi certificado de calidad. Toda una catedral: «Everybody needs a light»

Over The Hills and Far Away
Por fin se acabaron las tonterías y aterrizamos en el punto caliente del debate. Llegados a esta parte del listado ya puedo confesar que todo esto no ha sido más que un paripé antes de decidir la auténtica disputa final. Siempre que me pare a pensar en mi canción favorita de Led Zeppelin Over the Hills and Far Away será una de las dos opciones que se dibujarán en mi cabeza de forma automática. Es una canción que tengo tan interiorizada que hasta se me hace estúpido intentar describirla racionalmente: es un tema que guardo en el corazón. El título de la canción y un par de ideas que roza están inspiradas en un poema de Tolkien que escribió durante sus primeros meses de servicio antes de ser enviado a Francia en la primera guerra mundial.

Hey, Hey What Can I Do
Finalmente me he decidido por este tema. Hey, Hey, What Can I Do tiene un estilo más gamberro y encaja más con los últimos años de mi adolescencia (que es cuando más escuchaba a Led Zeppelin). Esa mezcla de ingenua ilusión por una chica y el lamento frustrado de quién no consigue alcanzarla describen a la perfección esos años en los que las hormonas dirigen la vida de los jóvenes. Además empieza con unos maravillosos versos que te conectan en seguida con la canción («Want to tell you about the girl I love My, she looks so fine») y termina con el protagonista anunciando a los cuatro vientos que va a pasar de la chica en un arrebato de falso orgullo. Las dosis de ironía quedan completas con la insinuación de que la muchacha en cuestión pudiera ser una prostituta.

5. Richmond (Faces)

Oh once I was a stone many years ago
Into a pool was thrown many years ago
Time passed by, the pool ran dry, excavated was I
And tempered and beat in a fiery heat
By the hand of a man, who’s name was Dan
Dan the blacksmith
-Stone, Ronnie Lane-

Cuando en 2012 Small Faces fue incluido en el salón de la fama del rock de la formación original del grupo solo Kenney Jones y Ian McLagan acudieron a la ceremonia: los dos hombres que lideraron la banda habían muerto muchos años atrás. Jones al menos pudo quitarse la espina de no haber sido incluido con The Who a pesar de haber asumido la titánica misión de reemplazar a Keith Moon a finales de los setenta. Acompañando al batería y al teclista estaban las dos grandes estrellas que reconstruyeron el grupo tras la salida de Steve Marriott: Rod Stewart y Ronnie Wood, ambos con su segunda nominación al salón de la fama.

Small Faces (y su sucesor Faces) es probablemente mi grupo favorito de los que considero claramente infravalorados. El grupo liderado por Ronnie Lane y Steve Marriott en los sesenta tiene un par de discos brillantes (There Are But Four Small Faces y el súper ventas Ogdens’ Nut Gone Flake) que vendieron muy bien en su Inglaterra natal pero que con el tiempo parecen haber caído en un olvido que no ha afectado al resto de grandes formaciones británicas de la época. Supongo que es normal, el grupo duró poco y no tuvo tiempo de cimentar su leyenda en la era de los grandes conciertos. El gran dúo creativo se rompió con la llegada de los años setenta: Steve Marriott (indudablemente uno de los mejores vocalistas de la historia del rock) reclutó a la joven promesa de la guitarra Peter Frampton para crear su nuevo grupo, Humble Pie, y Ronnie Lane rehízo como pudo el proyecto Small Faces, le cambió el nombre a simplemente Faces y se trajo del grupo de Jeff Beck a Rod Stewart y Ronnie Wood.

En la nueva formación las disputas con Stewart fueron continuas: el escocés comenzó en paralelo su carrera en solitario y su despegue al superestrellato ya era imparable. Faces aprovechó la fama de Stewart para promocionar el proyecto pero fue Ronnie Lane el que asumió el peso creativo del grupo. El vocalista principal sería Stewart pero Lane también tomaría el mando en varias canciones de cada álbum (también sorprendió como vocalista Ronnie Woood en uno de los grandes éxitos de Faces, Ooh La La). En 1975, con la retirada de Mick Taylor de los Rolling Stones, Ronnie Wood fue el elegido para ocupar el puesto más cotizado del panorama musical mundial. Faces dio por finalizada su exitoso periplo de cinco años y cuatro discos de estudio. Ronnie Wood siguió vendiendo millones de discos en solitario, Kenney Jones se fue a The Who y Ronnie Lane montó por su cuenta un pequeño grupo (Slim Chance) más orientado al country-folk.

Aquí es cuando tengo que apuntar que Ronnie Lane es una de mis debilidades, tanto como vocalista como por supuesto como compositor. De una fuerza creativa excepcional lideró a un grupo que a finales de los sesenta dio una vuelta de tuerca al rock británico llegando a competir contra titanes de la industria como The Who, The Rolling Stones y The Kinks. Sus experimentaciones con la psicodelia también funcionaron y con el cambio de grupo en los setenta mantuvo el pulso añadiendo a su repertorio pinceladas de folk-rock, americana y country. Además su profundo interés por las cuestiones espirituales lo llevaron a ser una de las caras visibles del grupo de seguidores del gurú indio Meher Baba, incluyendo parte de sus enseñanzas en varias piezas musicales. Mi intención, de hecho, era elegir para esta lista la canción Stone, una peculiar balada blues sobre la reencarnación con Lane como vocalista.

Finalmente he elegido esta balada, Ritchmond, que parece hecha por y para lucimiento personal del propio Lane. Simplemente estaba escuchando la canción y he empezado empezar a escribir este texto, me ha salido de dentro. Siento una paz difícil de expresar cuando escucho la voz de ese muchacho de Essex. Si a eso le añadimos que nadie toca la guitarra slide como Ronnie Wood nos queda una pieza perfecta. Me gusta mucho ver esta interpretación de 1971 en Top Of The Pops, se ve a Lane puramente feliz y no puedo evitar sonreír cuando suelta eso de «It’s pretty good».

A Ronnie Lane le fue diagnosticada escleroiss múltiple en 1977, durante los días que se encontraba grabando con Pete Townshend un disco conjunto llamado Rough Mix. Su madre y su dos hermanos ya habían padecido la enfermedad. Lane aún pudo vivir veinte años más (incluso sobrevivió a Steve Marriott, que murió en un incendio en 1991) aunque la enfermedad fue mermando poco a poco sus condiciones físicas. Sus pares lo despidieron como lo que fue: un talento fuera de lo común. Varias generaciones de músicos británicos han reconocido su influencia. Yo solo espero que se haya reencarnado en algo agradable. Es lo mínimo que se merece.

4. Ballad of Geraldine (Donovan)

La primera vez que escuché a Donovan (que supe de su existencia, vaya) fue en el documental de D. A. Pennebaker Don’t Look Back, sobre la gira por Reino Unido de Bob Dylan en 1965. Donovan tenía 19 años por entonces y apenas llevaba un puñado de meses en la palestra cuando ya empezaron a llamarlo el «Bob Dylan británico». Esto molestaba especialmente a Dylan, que estaba en esa etapa insoportable de su vida (la fama, las críticas, las drogas) que necesitó de un accidente de moto para llegar a su fin. Total, que aquel Dylan pasado de vueltas la tomó con Donovan y durante todo el documental se puede observar la obsesión de éste por desacreditar al joven escocés. El momento cumbre del documental se produce cuando se juntan en una misma habitación rodeados de aduladores, cada uno con su propio séquito. El público se empeña en enfrentar a ambos cantautores hasta que por fin Donovan toma su guitarra y con los nervios de aquel que acaba de conocer a su ídolo toca To Sing for You. Dylan parece burlarse aunque yo diría que está disfrutando. La escena termina cuando Donovan, muerto de vergüenza, finaliza su interpretación y le entrega la guitarra a Dylan para pedirle que toque It’s all over now Baby Blue.

El caso es que a mí me flipó esa actuación de Donovan, añadí la canción a mi colección. Lo extraño de la situación es que no investigué nada más acerca del artista, ese único tema quedó guardado en mi biblioteca como recordatorio de que un día disfruté de la música de Donovan en un hotel de Inglaterra. Pero estaba claro que un tipo como aquel volvería a cruzarse en mi camino más pronto que tarde.

Ocurrió en una tienda de campaña, mientras un puñado de amigos bebíamos cerveza esperando en las primeras horas de la tarde de un festival. Mientras los conciertos no daban comienzo mi amigo Sergio era el encargado de elegir la música. En un momento de la tarde empezó a sonar Hurdy Gurdy Man. Si conocéis la canción entenderéis mi reacción al escucharla por primera vez: aquello era un melocotonazo. Enseguida le pregunté a Sergio por aquel tema y me comentó que era de Donovan y que la había escuchado en una película sobre drogas o algo así (la película es Spun). En seguida relacioné el nombre con el de aquel músico del documental de Dylan. De regreso a casa una vez concluido el festival busqué la canción y la escuché una y otra vez.

Hurdy Gurdy Man fue la responsable de mi inmersión en Donovan. Buscando información sobre la misma me topé con la leyenda que relaciona la fundación de Led Zeppelin con las sesiones de grabación del tema. Además la letra había sido compuesta en la India durante el famoso viaje de los Beatles, con Donovan formando parte de la comitiva (el mismo George Harrison participó en la composición de Hurdy Gurdy Man). Con todos esos ingredientes estaba listo para empezar a escuchar la discografía del escocés desde el principio.

Si bien la carrera de Donovan está formada por un montón de etapas diferentes sin duda las más interesantes son las dos primeras. Tras sus primeros trabajos como músico puramente folk supo reconducir su carrera con la llegada de la psicodelia, combinó sus revolucionarias técnicas como guitarrista acústico con los nuevos sonidos eléctricos del «flower power». Su tiempo en primera fila fue breve pero a finales de los sesenta pasó por ser uno de los músicos más influyentes del mundo y sus directos gozaban de gran reputación. En aquellos días coló en las listas de éxitos varios temas que han quedado para la posteridad como Wear Your Love Like Heaven, Sunshine Superman, Season of the Witch, Mellow Yellow, Atlantis o el ya mencionado Hurdy Gurdy Man. Por supuesto, adoro al Donovan psicodélico pero para mi gusto el que marca la diferencia es el primer Donovan.

Soy un apasionado de la música folk, cualquiera que me conoce lo sabe. El folk tiene algo de reverencial: las mejores canciones conservan una sabiduría antigua que nunca pierde el pulso de la actualidad. «If it was never new and it never gets old, then it’s a folk song». En el caso de Donovan esto explica como a pesar de que sus temas psicodélicos siguen sonando en películas y series son los éxitos más modestos de su primera etapa (Catch the Wind, Colours) los más versionados y aclamados. Entre los “puretas” del folk Donovan ha conseguido colar algunas canciones en el canon de imprescindibles y es quizá este hecho el que lo convierte en inmortal (o al menos lo que le mantiene vivo en el repertorio de cientos de músicos).

He escogido Ballad of Geraldine como mi canción favorita de Donovan. El patrón de fingerpicking es delicioso y en combinación con la letra conceden al tema un inconfundible estilo medieval que caracterizó los primeros discos del escocés (este tema es del álbum Fairytale de 1965). Seguramente eso es lo que más me gusta de Donovan: de entre los grandes nombres de la folk revival de los sesenta él fue el que mejor supo combinar el sonido del folk americano con las viejas tradiciones británicas. Marcó el camino para unir dos mundos que llevaban ya un tiempo ejerciendo influencia el uno sobre el otro pero que no terminaba de cuajar en la nueva generación.

Una canción que me traslada a otro mundo desde la primera estrofa. Está grabada a fuego en mi memoria.

Oh, I was born with the name Geraldine
With hair coal black as a raven
I travelled my life without a care
Ah, but all my love I was saving

3. When I Paint My Masterpiece (The Band)

«It’s all there. You can read it. The facts, the camaraderie of equals, the notion of a hard testing ground, superb musicianship, randiness, roots, memory, archetypal American music and its obsession with mystery and death. All there and all true».

Uno de los milagros de internet que suele pasar desapercibido es la posibilidad que ofrece de acceder a archivos de revistas y periódicos antiguos. Sí, muchos medios han digitalizado una buena parte de sus artículos y en la actualidad es posible consultar noticias históricas narradas tal como fueron escritas en el momento en el que se producían los hechos. Este avance tecnológico me ha permitido por ejemplo leer las crónicas de El País sobre la caída del muro de Berlín o la liga que ganó el Dépor. Dejando la historia a un lado, lo que más me gusta es leer las críticas que la revista Rolling Stone publicaba ante el lanzamiento de un álbum importante. Mi favorita es la que escribió Paul Nelson sobre The Basement Tapes.

La crítica de Nelson (el párrafo que encabeza esta entrada es un extracto de la misma) es afrontada por el autor como un caso por resolver al clásico estilo detectivesco del universo noir. Por supuesto el caso termina sin resolver porque nadie puede “resolver” The Basement Tapes. Son una pieza única en la historia de la música popular. Son tan peculiares que se publicaron ocho años después de haber sido grabadas. Por supuesto ninguna de las canciones que se recopilaron en el disco oficial de 1975 estaban preparadas para un disco de estudio serio. Eran sesiones medio improvisadas, en sucio, de un grupo que no existía. Dylan y su banda, The Band, que le había acompañado durante su última gira eléctrica. Para su álbum debut, Music From Big Pink, sí regrabaron un puñado de canciones que salieron de aquel estudio improvisado en el condado de West Saugerties (la ya legendaria casa Big Pink y su famoso sótano). El disco fue todo un éxito y salió al mercado con una portada dibujada por el propio Dylan, que por lo demás no participó en la grabación original. Aquello era 1968 y aunque supuso una revolución para la música americana pronto empezaron a surgir los rumores de que mucho otro material había quedado guardado. La madre de todos los bootleg, la música que Dylan toca en un sótano mientras se niega a salir de gira, dar entrevistas o siquiera informar sobre su estado tras aquel accidente de moto que casi le cuesta la vida.

El proceso creativo de Dylan y The Band se alejaba de la música eléctrica que el bardo de Minesota había incluido en su repertorio ganándole la etiqueta de traidor. Dylan volvía a sonar a acústico pero no sonaba como aquel que lideró la folk revival de principios de los 60. El nuevo estilo dio en llamarse roots rock o lo que hoy se conoce más comúnmente como americana, un estilo que recoge sonidos de varios de los grandes géneros puramente americanos como son el folk, el country, el blues y el gospel. Fue un sonido que pronto colaría temas en las listas de éxitos por medio de grupos como The Byrds (en su etapa final) y Crosby Stills and Nash (y Young, Neil Young fue la gran estrella de todo esto). Pero antes de todo aquello en un sótano estaban Bob y Dylan, Robbie Robertson, Richard Manuel y Rick Danko no pensando en revolucionar el género sino simple y llanamente tocando la música que les apetecía, con historias perdidas propias del folk más tradicional pero con un sonido completamente nuevo.

When I paint My Masterpiece no fue publicada ni grabada en las sesiones de The Basemente Tapes ni se cuenta entre el material que vio la luz con Music From Big Pink (fue escrita por Dylan para The Band en 1971) pero he elegido esta canción porque es mi favorita del grupo canadiense y mantiene el espíritu de aquel material. Un material que en su momento fue inclasificable por su novedad pero que hundía sus raíces en lo más puro de la tradición musical americana, con historias y personajes atemporales. Canciones felices o melancólicas que me siguen fascinando con cada escucha. Todavía sigo atrapado por el misterio que encierran como si fueran mensajes antiguos y duraderos.

Las canciones de Big Pink son el origen de toda la carrera de The Band, que terminaría en aquel maravilloso concierto rodado por Martin Scorsese y titulado para la posteridad como The Last Waltz. Si el concierto ya de por sí estaba predestinado a pasar a la historia, lo acertado de aquel nombre terminó de completar la leyenda de una actuación que cierra con I Shall Be Released, esa canción de liberación que resumió mejor que ninguna otra la trayectoria de un grupo que había llegado hasta allí desde un sótano de West Saugerties, Nueva York.

«The songs on The Basement Tapes are the hardest, toughest, sweetest, saddest, funniest, wisest songs I know, yet I don’t know what they’re about. Friendship, sex, death, heroism, learning from others. I guess history and inevitability are in there too. And sorrow and longing».

2. Box #10 (Jim Croce)

Me encantan las historias de perdedores, especialmente las de aquellos con un gran talento que parece que nadie aprecia. Desde luego el mundo de la música se presta especialmente para encontrar este tipo de historias. Ya saben, Llewyn Davis recorriendo las calles nevadas de Chicago sin abrigo. O Billy Joel al final de Piano Man clamando «Man, what are you doing here», una canción que juega con la idea de la falsa autobiografía: tras el fracaso que supuso la publicación de su primer álbum Joel insinúa a modo de parodia que tuvo que ganarse la vida tocando el piano en un bar rodeado de perdedores.

Box #10, balada folk de Jim Croce, también cuenta la historia de un perdedor que trata de abrirse camino en un mundo despiadado que no duda de aprovecharse de su ingenua inocencia de country boy. La narración comienza en tercera persona pero a medida que avanza el narrador admite con vergüenza ser el protagonista de los hechos («Oh well, it’s easy for you to see that that country boy is me»). ¿Cuánto de autobiográfico hay realmente en estos versos? Seguramente más de lo que cabría esperar.

Jim Croce nació en Filadefia en 1943 y cursó estudios de psicología en la Universidad de Villanova. En sus años universitarios conoció a su futura esposa Ingrid y juntos a se dedicaron a interpretar música folk en cafés a lo largo y ancho del estado de Pensilvania. Seguían la corriente impulsada desde el renacer folk del Village neoyorquino y forjaron su repertorio con canciones de músico de esta generación. Contrajeron matrimonio en 1966 y como regalo de boda los padres de Jim le entregaron una cantidad de dinero destinada a grabar un álbum independiente. La familia de Jim creía que un duro golpe con la realidad en forma de fracaso terminaría de convencer a su hijo para que dejara la música y se buscara una profesión de verdad para convertirse en un hombre respetable. Jim Croce defraudó a sus padres: tardó poco en vender las quinientas copias que había producido de su álbum Facets y siguió adelante en el mundo de la música.

El siguiente paso en su carrera tenía que pasar por hacerse con un contrato en alguna discográfica y éste llegaría cuando en 1969 firma con Capitol Records para producir un disco con su esposa. Jim & Ingrid Croce fue un fracaso comercial y tras una infructuosa gira promocional el mundo del espectáculo dio la espalda a Jim, que tuvo que tuvo que buscarse la vida trabajando como camionero y peón de obra. No obstante utilizaría aquellas experiencias como combustible para escribir nuevas canciones.

Cargado de nuevo material Jim utilizó su contactos para producir en 1972 un nuevo álbum, You Don’t Mess Around with Jim, un disco fol-rock que lo retrataba como un tipo duro (para representar el papel  comenzó a lucir un gran bigote que pasaría a ser su sello personal). Una vez grabado el disco lo difícil fue ponerlo en circulación. Jim Croce fue rechazado hasta por cuarenta discográficas hasta que ABC Records lo contrató para distribuir su primer álbum y otros dos más a producir en los próximos años. La canción que da título al álbum funcionó muy bien y se había colado en el top 10 de las listas americanas y Elevator, su otro single, también alcanzaría el top 20. La confirmación llegaría un año después con el segundo disco (Life & Times) que saldría al mercado acompañado de un single, Bad, Bad Leroy Brown, que se alzaría hasta la primera posición del Billboard Hot 100. Jim Croce era por fin una estrella.

Apariciones en televisión y una gira con actuaciones por todo el país marcaron el verano de 1973 de Jim Croce. Mientras preparaba su último álbum para ABC presentó la canción que daría nombre al mismo, I Got a Name, como parte de la banda sonora de la película protagonizaba por Jeff Bridges El último héroe americano. La película se estrenó en Julio y se había planeado el lanzamiento de la canción como single para el 21 de septiembre. Justo un día antes se produjo la terrible tragedia: Jim Croce perdía la vida en un accidente de avioneta en Lousiana en plena gira de conciertos. Tenía treinta años.

El suceso conmocionó al público y las ventas de discos se dispararon. I Got a Name llegó al mercado en diciembre alcanzando el número dos de las listas y aún así no fue el producto que reportó mejores resultados: la fatídica muerte de Jim llevó a ABC a recuperar una canción del primer álbum que trataba la fugacidad del tiempo, Time in a Bottle. Los versos de la canción se relacionarían para siempre con el desdichado destino de su escritor y tras publicarse como single en noviembre alcanzaría el número uno de las listas americanas. Su éxito arrastró al álbum You Don’t Mess Around with Jim también hasta el número uno a principios de 1974, donde permanecería durante cinco semanas.

Las canciones de Jim Croce siguen sonando hoy en las radios americanas y son utilizadas de forma recurrente en películas y series de televisión. Además no somos pocos los que conocemos su historia y disfrutamos con su breve pero intenso legado. Digamos que después de todo no está nada mal para un country boy fracasado.

« Entradas anteriores