Categoría: Mis reflexiones (Página 1 de 4)

Reflexiones personales

Ramble On

Creo que debía tener unos veinte años exactos la primera vez que escuché Ramble On. Quizás en ese momento no me pareció un momento tan importante, pero tras una semana de escuchar la canción de forma compulsiva quedó claro que algo había removido en mí. Me la recomendó una chica guapa (cómo no) y aquel fue ni más ni menos que el punto de partida de mi afición a Led Zeppelin.

La chica guapa se fue pero la canción siguió conmigo. Y aunque a veces permanece oculta en el fondo de mis listas de reproducción (o de mi colección de discos), cada cierto tiempo Ramble On vuelve a cruzarse en mi camino. Y está bien que utilice la palabra camino porque el misterio de la canción reside en tratar de descifrar un viaje indescifrable. ¿Ramble On es sobre encontrar una dirección? ¿Sobre encontrar una reina? ¿Sobre vagar sin rumbo? A mí Ramble On siempre me grita que lo que hay es que moverse. Que cuando las cosas no salen, cuando el futuro acelera su incertidumbre, lo mejor es no quedarse quieto.

Y me gusta pensar que Robert Plant entiende que eso es lo que hacen Frodo y Aragorn. No tienen nada mejor que hacer que seguir adelante, ya aparecerá un camino para llegar a Mordor. Si es que el anillo se destruye en Mordor, claro.

Dejar de buscar

«¿Recuerdan esos posters que decían Hoy es el primer día del resto de tu vida? Pues eso es cierto salvo en una ocasión, el día en que te mueres». Así me hablaba Kevin Spacey en aquella escena de American Beauty mientras sonaba The Seeker de fondo. La elección musical no es casual, en el estribillo el bueno de Roger Daltrey canta aquello de «I won’t gonna get what I’m after till the die I die». No solo eso, en las primeras estrofas también reconoce haber recurrido a los Beatles y a Bob Dylan en busca de respuestas, confirmándole a mi yo de diecinueve años que, entonces sí, aquello le estaba hablando directamente a él.

Lo cierto es que la canción se quedó conmigo durante un tiempo e incluso se convirtió en mi favorita para tocar en el Guitar Hero con los amigos de la universidad (aparece en el Guitar Hero 3 de PS2). Por aquel entonces no lo podía sospechar, pero unos años más tarde The Who se convertiría en mi grupo de cabecera y, a medida que mi obsesión con la banda fue creciendo, fui encontrando nuevos significados en la canción. Pete Townshend, guitarrista y compositor principal de The Who, escribió The Seeker en el comienzo de la etapa más convulsa de su vida. Fue el primer tema que compuso tras el lanzamiento de Tommy. Aquella ópera rock lo había catapultado al estrellato internacional, y con ella habían llegado también enormes expectativas. En su intento por dar con un nuevo proyecto que estuviera a la altura, la inspiración le llegó, precisamente, en la idea de la búsqueda en sí misma. El hombre desesperado de The Seeker surge de otro joven en busca de respuestas: el Siddhartha de Hermann Hesse.

Hace poco más de un año, como no podía ser de otra manera, entre la casualidad y la búsqueda me topé con una edición de Siddhartha en un mercadillo de segunda mano. Me hice con ella ante las entusiastas recomendaciones que había recibido a lo largo de los años. Su lectura, sin embargo, me dejó bastante frío. No logré conectar con la obra de Hesse del modo en el que se me había prometido. Digamos que aunque comprendía las ideas que se contemplan a lo largo del viaje de Siddhartha, el desarrollo de las mismas no terminaba de convencerme. Tampoco encuentro sencillo simpatizar con unos personajes que siento tan ajenos.

Ahora bien, si el gran dilema de Siddhartha es que las respuestas no se encuentran allí dónde uno las busca, encuentro mucho más placentero este mensaje transmitido por medio de John Locke, ese personaje de Lost (esa serie a la que llego veinte años tarde) con nombre de filósofo británico. Tras poco más de una temporada de maratón veraniego el antiguo empleado de la empresa de producción de cajas ya me ha ganado por completo. En el episodio que vi ayer el hombre que había afrontado toda una vida de infructuosas búsquedas reconoce que ya no está perdido (nótese que en este diálogo se puede encerrar el sentido completo de la serie). Que todo lo que tuvo que hacer para que el destino le proporcionara respuestas fue simplemente dejar de buscar. Rendirse a su destino en lugar de perseguirlo. Yo en este caso le tengo que dar el punto a Lindelof antes que a Hesse. Y la próxima vez que Pete Townshend escriba un musical, mejor que encienda la tele y se ponga algunos episodios de Lost.

We are gonna sing Blowin’ in the Wind

Fue el sábado 8 de septiembre de 2012. Acababa de superar la semana más importante de mi vida y, como suele ser habitual en estos casos, ni siquiera me acercaba a sospecharlo. Para mí, aquella solo había sido la semana del ataque de Contador en el Collado de la Hoz. Ya había planeado acercarme el día hasta el Paseo del Prado para ver la última etapa de aquella gloriosa Vuelta a España.

Estaba sentando en el asiento trasero del coche de mi padre, que circulaba por las larguísimas rectas tan típicas de las carreteras de Castilla. Me invadían los nervios y cierta ansia, ya que todo iba a cambiar deseaba que lo hiciera cuanto antes. En cuanto llegara a Madrid aquella ciudad iba a ser mi nuevo hogar. Casa lejos de casa. La idea de abandonar todo rastro de lo que hasta entonces habían sido mis rutinas me abrumó en algún momento durante aquel trayecto y decidí sacar los auriculares de mi bolsillo para escuchar algo que me resultara familiar. Elegí Blowin’ in the Wind.

Retrocediendo un par de años en el tiempo, en plena semana de exámenes finales en la universidad, me recuerdo frente a la pantalla del ordenador contemplando aquel directo final, en el festival de Newport de 1963. Un niño había comenzado aquel fin de semana, una leyenda lo terminaba. Las grandes estrellas del folk le hacían los coros en su despedida. En aquel momento las letras y la música eran secundarias para mí, la pasión envolvía a mi yo de diecinueve años.

En aquel coche que atravesaba Castilla no buscaba pasión, solo alguna certeza. De algún modo la encontré en aquella balada. La canción llevaba conmigo algunos años y en ese momento, rodeado de un montón de nada, sentí que la música iba a seguir conmigo durante mucho tiempo. No iba a importar la situación, el lugar o la compañía, ya tenía algo que nunca me iba a abandonar.

Más de una década después he olvidado cientos de instantes que en su momento consideré relevantes, pero sigo recordando claramente lo que sentí en aquel coche escuchando a mi viejo amigo Bob Dylan. Casi tan inolvidable como aquella imagen de Contador atravesando la meta en Fuente Dé.

905

«Uno y el mismo es este don de la libertad concedido a los hijos de los Hombres: que sólo estén vivos en el mundo un breve lapso, y que no estén atados a él, y que partan pronto […] La Muerte es su destino, el don que les concedió Ilúvatar, que hasta los mismos Poderes envidiarán con el paso del Tiempo»
-Del principio de los días. El Silmarillion, J. R. R. Tolkien-

At each end of my life is an open door
-905, John Entwistle-

Recién acabo de terminar de leer Las partículas elementales de Houellebecq. Me ha dejado desesperanzado tras ese epílogo huxliano. Un Aldous Huxley que es citado numerosas veces en la obra (incluso un personaje secundario es presentado como un antiguo amigo suyo) y hasta se describen algunas curiosidades de su vida: por mi parte ignoraba la larga y prestigiosa lista de biólogos que pertenecen a la rama Huxley. Desconozco las intenciones de Houellebecq con ese final o la opinión que guarda sobre el mismo. Sospecho que para rematar su visión decadente de occidente se le ocurrió un desenlace limpio y propio de burócratas.

Mientras redacto estas líneas me ha dado por escuchar 905 de The Who. La canción fue escrita por John Entwistle y la letra narra un escenario basado en el universo de Un mundo feliz de Huxley. Al bajista, un entusiasta de la novela, le parecía especialmente interesante la encrucijada que enfrenta el personaje de John el Salvaje. En un mundo que le es ajeno (y que termina por despreciar profundamente), a John ni siquiera le dejan refugiarse en su propia soledad. Desesperado y sin escapatoria aparente, decide suicidarse. A 905, habitante de la nueva tierra y programado desde su nacimiento, solo la muerte le garantiza la libertad que su condición le ha negado. Michel Djerzinski encuentra un destino similar en la obra de Houellebecq pero en una personalidad tan peculiar como la suya no es fácil interpretar los motivos que conducen sus actos.

Para exponer mi opinión acerca de esa pesadilla que me es recurrente, la de la vida eterna, recurro a un texto que se fijó en mi cabeza desde la primera vez que me topé con él en mi inocente adolescencia. En El Silmarillion, evangelio según San Tolkien, Finrond Felagund, de la noble casa de Fingolfin, es el primer elfo que descubre la existencia de los Hombres y es, por consiguiente, el primer inmortal que contempla los estragos de la edad:

Los años de los Edain se prolongaron, de acuerdo con las cuentas de los Hombres, después de que llegaron a Beleriand; pero por último Bëor el viejo murió; había vivido noventa y tres años, y cuarenta y cuatro de ellos al servicio del Rey Felagund. Y cuando yació muerto, no de herida ni de pena, si no vencido por la edad, los Eldar vieron por primera vez la rápida mengua de la vida de los Hombres, y la muerte de cansancio, que ellos no conocían; y lloraron mucho la pérdida de sus amigos. Pero Bëor había abandonado la vida de buen grado, y falleció en paz; y los Eldar se asombraron grandemente del extraño destino de los Hombres, del que nada se decía en las canciones e historias, y que les estaba oculto.

No sé si viviré lo suficiente para comprobar cómo los hombres superan el obstáculo definitivo. Ni si quiera sé si el hombre seguirá siendo hombre después de ello. Lo que tengo bastante claro es que no estoy dispuesto a renunciar a mi don. Sea cual sea el destino que señale el último viaje.

A mi yo de veinte (Ooh La La)

«El fondo y el auténtico contenido de todos nuestros conocimientos consisten en la comprensión intuitiva del mundo. Y esta solo puede ser adquirida por nosotros mismos, no es susceptible de enseñársenos en forma alguna. Por ende, nuestro valor intelectual, al igual que el moral, no nos viene de fuera, sino de lo profundo de nuestro propio ser»
-Parerga y Paralipómena. Escritos filosóficos menores, Arthur Schopenhauer-

Hace algunos años me crucé con un par de artículos titulados algo así como «Cosas que he aprendido a los treinta años». Ahora que me encuentro a punto de cruzar esa frontera reconozco la utilidad de este tipo de textos si se redactan como un ejercicio de reflexión personal por parte de quién lo escribe (al fin y al cabo, ¿no es escribir una suerte de monólogo interior más esforzado que el propio pensamiento?). Ahora bien, en este tipo de artículos siempre subyace una intención más ambiciosa, la de listar una serie de enseñanzas que puedan ser útiles para los más jóvenes. Todo el mundo nos hemos topado con esa pregunta que formula algo parecido a «¿qué le dirías a tu yo de veinte años?». Mi respuesta a este tipo de cuestión ha variado mucho a lo largo de los años y justo ahora que termino mi década de los veinte me parece un momento oportuno para plasmar la que sería mi respuesta actual.

Para empezar hay que especificar con claridad los límites de la pregunta. «¿Qué le dirías a tu yo de veinte años?» no es lo mismo que «Qué te gustaría saber con veinte años?». En este caso asumo que mi yo de veinte años se encuentra con una carta anónima de consejos para sobrellevar su vida durante los próximos diez años. Estos consejos tienen que estar relacionados con el comportamiento o conocimiento y no deben verse afectados por los sucesos del mundo (digamos que no acepto la típica de respuesta de «compra bitcoins» o «no visites una sala parisina llamada Bataclan en noviembre de 2015»). También debo insistir en que la fuente de estos consejos es anónima: en el supuesto que construyo mi yo de veinte años se topa con esta lista de consejos por casualidad y no puede saber que son enviados por su yo futuro. En mis propias ensoñaciones quiero mantener intacto el continuo espacio tiempo.

Una vez fijadas las premisas puedo empezar a priorizar en las recomendaciones que le daría a ese joven confuso. La primera que se me viene a la cabeza sería que se apuntara cuanto antes al gimnasio, aporta demasiados beneficios y el único gran esfuerzo que conlleva es dar el primer paso. Lo segundo en lo que le insistiría es en que aprendiera a estar solo cuanto antes. No me refiero a convertirse en un solitario ni nada parecido pero sí a soportar la soledad (a soportarse a uno mismo, en definitiva). Para el resto de consejos me pongo a repasar rápidamente los sucesos que han marcado mis últimos diez años. Por supuesto hay un puñado que me hubiera gustado haber evitado pero de alguna forma casi todos conducen a alguna experiencia o enseñanza que no me gustaría borrar. Y claro esta idea deriva en otra más interesante: no solo aprender a base de golpes puede derivar en beneficios insospechados sino que además todas las lecciones aprendidas por la vía dura se aprenden mejor. Mi yo de veinte años podría recibir los mejores consejos del mundo que, en el remoto caso de que se quedara con algo, nunca aprendería la lección lo suficientemente bien.

Al final la respuesta está bastante clara: a mi yo de veinte años no le diría nada. Ya se encargará la vida de explicarle de qué va esto. Seguro que mi yo de cuarenta me diría lo mismo ahora. Y seguro que, como canta Ronnie Wood, cuando sea un abuelo cebolleta me encargaré de explicarle todo esto a mis nietos. Aunque no me hagan ni caso.

Poor young grandson there’s nothing I can say
You’ll have to learn, just like me
And that’s the hardest way, ooh la la

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