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Reflexiones personales

Ten years gone

Then as it was, then again it will be
And though the course may change sometimes
Rivers always reach the sea

Recuerdo que hacía mucho calor. En septiembre de 2008 parecía que el verano no terminaría nunca. La selección española acababa de proclamarse campeona de Europa y Rafa Nadal se había impuesto en Wimbledon en un partido que pasó a los anales de la historia. Alberto Contador recogía su corona llegando primero a la cima del Angliru y dos días después, lunes 15 de septiembre, quebró Lehamn Brothers. En aquella semana que cambió el mundo yo acudí a mis primeras clases en la universidad.

Tras diez años intento recrear como fue el inicio de mi vida adulta. Primero tendría que aclarar si realmente era un adulto por entonces: lo peor de entrar en la universidad con diecisiete años es que para comprar alcohol aún tienes que pedirle el favor a algún amigo. No sabía ni afeitarme sin convertir el baño en una película de Tarantino. Poseía el encanto del joven entusiasta y confiado que ignoraba las hostias que la realidad cocinaba a fuego lento expresamente para él. Esa imagen, la del inocente y soberbio bachiller, es la que construyo a partir de recuerdos difusos y antiguas fotos. Se ajuste o no a la realidad, el hombre escéptico en el que me he convertido tiene su propia versión de los hechos y el vencedor es quien escribe la historia.

Supongo que es inevitable que al crecer y adquirir nuevas responsabilidades se añoren los años de estudio como una época más sencilla pero lo cierto es que los comienzos no fueron fáciles. Para un tipo como yo, que apenas había salido de su barrio, llegar al campus era un paso tan necesario como aterrador. Como Bilbo, me vi obligado a salir de la Comarca; solo que a mí no vino Gandalf a buscarme. A mí el que me sacó de mi burbuja fue el tiempo, que no podía retrasar más el momento de enfrentarme al mundo real. De pronto me vi como un explorador ante una inmensa llanura que se pierde en el horizonte. Todo era nuevo, todo desconocido. También desafiante: la dificultad había subido varios escalones con respecto al instituto y en mi primer curso de ingeniería más de una noche me he desplomado en cama demasiado cansado como para pensar siquiera en mi vida. A veces la mejor forma de dormir tranquilo es no tener ni tiempo para intranquilizarse. De alguna forma también echo de menos aquello, claro.

Supongo que si estas fechas cobran una relevancia especial es porque la cifra redonda (diez años) me sirve de excusa para pensar en mi situación actual. Ya no hay montañas, ya no hay gigantes que enfrentar. Los años me han caído encima y soy consciente de que cada vez queda menos tiempo, menos oportunidades, y el precio a pagar por un gran error es mucho mayor. Si antes buscaba una aventura nueva cada día ahora me apoyo en la rutina para no perder el rumbo. Pequeños objetivos y retos que exigen constancia. Incluso me machaco en el gimnasio para dormir a gusto siempre que no estoy lesionado. Si algo se ha multiplicado de forma exponencial es el tiempo de recuperación, ya sea de lesiones o resacas.

A veces me pregunto qué opinaría de mi actual yo aquel imberbe de dieciste años. Creo que le gustaría mi aspecto aunque no tanto mi historia. Me imagino repitiéndole esa odiosa frase de padre: “Cuando seas mayor lo entenderás”. ¿Le daría algún consejo? No lo creo. Todas las lecciones importantes las he aprendido por las malas y si algo funciona es mejor no tocarlo. Si acaso le recomendaría que se mantuviera alejado del licor café.

Como las legiones romanas

“Siempre te ha interesado la política, la historia…”
Tom Hagen – El Padrino. Parte II

Cualquiera que conozca a mi padre sabe que es un tipo peculiar. Una persona de costumbres, insistente en sus valores y creencias. Desde que tengo uso de razón las comidas en familia son protagonizadas por él y sus discursos. El resto de los presentes en la mesa hemos dedicado todos estos años a aportar desde un segundo plano, ya sea para apuntar algún detalle a sus observaciones o para pararle los pies cuando lo considerábamos oportuno. En mi forma de afrontar estas comidas con mi padre a lo largo del tiempo se podría observar mi camino hacia la madurez. En mis años de adolescente no soportaba sus repetitivos argumentos y sus ideas me parecían completamente anticuadas. Cuando terminé mis estudios y a medida que la dura realidad se imponía ante mis ojos comencé a creer que quizás mis padre tenía más razón de la que yo creía.

En todas esas sobremesas los temas de conversación tratados pueden ser de lo más diversos pero mi padre siempre se las ingenia para retorcer cualquier debate hasta llevarlo a su terreno. Él es capaz de derivar una discusión sobre el sistema de recogida de basuras municipal en un coloquio sobre el sistema de gobierno de la República Romana. Porque sí, ese era su terreno. Mi padre siempre ha sido un enamorado de la cultura clásica y nunca deja pasar la oportunidad de añadir una referencia si en su imaginación consigue enlazar alguna noticia con un pasaje de la vida de Alejandro Magno, pudiendo llegar a reconstruir la misma anécdota cientos de veces. Nunca le importó repetirse, para él solo es una forma más de resaltar las enseñanzas que considera importantes. He de reconocer que su insistencia parece haber tenido éxito pues con el tiempo he llegado a dedicar incontables horas a repasar apuntes de historia imitando la curiosidad que en su día lo motivó a él.

La influencia que mi padre y sus pasiones han ejercido sobre mí no se limita solo a la historia. Durante años nuestro vínculo paterno-filial se reforzó a base de compartir horas en el sofá viendo la televisión. Muchos de estos momentos han estado protagonizados por fútbol aunque entre partido y partido puedo rescatar algunos momentos de cine. En especial recuerdo una noche en la que al llegar a la sala en la tele acababa de empezar la segunda parte de El Padrino. Había visto la película un par de años atrás y ya por entonces la contaba entre mis favoritas pero el amor que siento sobre esa cinta creció notablmenete con aquel segundo visionado. Mi padre y yo comentamos entusiasmados cada detalle y pude apreciar en él el júbilo que solo le reconocía ante una victoria importante del Real Madrid. El joven Vito Coreleone recorriendo los tejados de Nueva York, Michael pronosticando el triunfo de la revolución cubana y sobre todo esa maravillosa escena en la que Tom Hagen y Frank Pentangeli comparan a la familia Corleone con el imperio romano.

Desde que dejé de vivir con mis padres tengo menos oportunidades de compartir mesa con ellos. Cuando lo hacemos mi padre sigue repitiendo sus historias porque llegados a este punto ya no parece dispuesto a cambiar las viejas costumbres. Cada cierto tiempo saca a la palestra mi escena favorita de mi película favorita. “Dicen que organizaban las familias mafiosas como si fueran legiones romanas ¿Tú sabes cómo se organizaban las legiones romanas?”

No papá. ¿Cómo se organizaban las legiones romanas?

Nine is a lucky number

Me gustaban las tardes de domingo. Incluso las de invierno. Qué coño, creo que las de invierno eran las que más me gustaban. Cuando salía de casa al mediodía para visitar a mis padres mi calle estaba completamente vacía y Santiago parecía una ciudad fantasma. Solo cuando el día se acercaba a su fin algunos bares y cafeterías abrían sus puertas para recordar que el apocalipsis zombi aún no había llegado. De alguna manera las últimas horas del domingo siempre han funcionado como anticipo del lunes.

Para mí quedar los tres era una forma de retrasar lo inevitable. No existen madrugones ni jefes ni compañeros pesados mientras pueda engañarme a mí mismo. Nos veíamos en alguna cafetería y desmontábamos el mundo que nos rodeaba. De vez en cuando incluso se nos escapaba algún lamento pero cuando estábamos juntos era como si no termináramos de creérnoslo. Todo era una broma, la infinita broma, como si nada pudiera atraparnos en nuestro rincón.

Una de aquellas tardes de invierno yo decidí escupir alguna de mis preocupaciones, de esas que no duraban más de dos semanas pero que a mí me podían parecer material de novela trágica. Creo que no me tomaron en serio y menos mal que no lo hicieron. Les acabé hablando de una canción de John Lennon que había escuchado ese fin de semana. “Al llegar a casa os la paso”. Nos separamos y yo me volví al piso compartido en el que vivía solo. Silbando en el portal mientras esperaba el ascensor.

La canción más bonita del mundo

Quisimos medirlo todo y los números nos explotaron en la cara. Millones de datos disponibles nos hacían creer que podríamos vencer al azar pero el azar solo estaba jugando con nosotros. “A los mercados no les gusta la incertidumbre”. Pero no hay nada más improbable que la vida. Como intentar guardar el big bang en una caja de zapatos. La hoja en blanco podría ser el más aterrador de los disfraces de halloween. Saber que nunca sabrás. Solo cuando entiendas que no puedes dominar la tormenta podrás empezar a bailar en el caos.

No quieras saber dónde estarás mañana, no quieras saber hasta dónde te puede llevar una sonrisa.

I saw her today at the reception

Es una huida hacia delante. Hora de tomar una decisión que he estado posponiendo demasiado  tiempo. Por eso escucho la canción. You can’t always get what you want. La desgracia no está en elegir la opción incorrecta. Mi cárcel es no tomar ninguna decisión. El gato de Schrödinger, nada está perdido mientras todas las opciones están abiertas. Pero el gato está muerto aunque no te atrevas a abrir la caja. Miedo a decidir, miedo a no saber qué hay más allá. Miedo a lo desconocido, a nunca alcanzar lo que quiero. You can’t always get what you want. Siempre es lo mismo, el agua que no avanza se estanca y envenena. Creer en un imposible siempre fue la alternativa fácil. But if you try sometimes… Dejar el lastre atrás, es hora de huir. Mi mayor acto de valentía. Nuevos horizontes, nuevas metas inalcanzables. Happiness is in solving, not in the solution.

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